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Soneto
Almas dichosas que del mortal velo
libres y esentas, por el bien que obrastes,
desde la baja tierra os levantastes
a lo más alto y lo mejor del cielo,
y, ardiendo en ira y en honroso celo,
de los cuerpos la fuerza ejercitastes,
que en propia y sangre ajena colorastes
el mar vecino y arenoso suelo;
primero que el valor faltó la vida
en los cansados brazos, que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la vitoria.
Y esta vuestra mortal, triste caída
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da, y el cielo gloria.
-Desa mesma manera le sé yo -dijo el cautivo.
-Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo -dijo el caballero-,
dice así:
Soneto
De entre esta tierra estéril, derribada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,
siendo primero, en vano, ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que, al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.
Y éste es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.
Mas no más justas de su duro seno
habrán al claro cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.
No parecieron mal los sonetos, y el cautivo se alegró con
las nuevas que de su camarada le dieron; y, prosiguiendo su cuento,
dijo:
-"Rendidos, pues, la Goleta y el fuerte, los turcos dieron
orden en desmantelar la Goleta, porque el fuerte quedó
tal, que no hubo qué poner por tierra, y para hacerlo con
más brevedad y menos trabajo, la minaron por tres partes;
pero con ninguna se pudo volar lo que parecía menos fuerte,
que eran las murallas viejas; y todo aquello que había
quedado en pie de la fortificación nueva que había
hecho el Fratín, con mucha facilidad vino a tierra. En
resolución, la armada volvió a Constantinopla, triunfante
y vencedora: y de allí a pocos meses murió mi amo
el Uchalí, al cual llamaban Uchalí Fartax, que quiere
decir, en lengua turquesca, el renegado tiñoso, porque
lo era; y es costumbre entre los turcos ponerse nombres de alguna
falta que tengan, o de alguna virtud que en ellos haya. Y esto
es porque no hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes,
que decienden de la casa Otomana, y los demás, como tengo
dicho, toman nombre y apellido ya de las tachas del cuerpo y ya
de las virtudes del ánimo. Y este Tiñoso bogó
el remo, siendo esclavo del Gran Señor, catorce años,
y a más de los treinta y cuatro de sus edad renegó,
de despecho de que un turco, esta[n]do al remo, le dio un bofetón,
y por poderse vengar dejó su fe; y fue tanto su valor que,
sin subir por los torpes medios y caminos que los más privados
del Gran Turco suben, vino a ser rey de Argel, y después,
a ser general de la mar, que es el tercero cargo que hay en aquel
señorío. Era calabrés de nación, y
moralmente fue un hombre de bien, y trataba con mucha humanidad
a sus cautivos, que llegó a tener tres mil, los cuales,
después de su muerte, se repartieron, como él lo
dejó en su testamento, entre el Gran Señor (que
también es hijo heredero de cuantos mueren, y entra a la
parte con los más hijos que deja el difunto) y entre sus
renegados; y yo cupe a un renegado veneciano que, siendo grumete
de una nave, le cautivó el Uchalí, y le quiso tanto,
que fue uno de los más regalados garzones suyos, y él
vino a ser el más cruel renegado que jamás se ha
visto. Llamábase Azán Agá, y llegó
a ser muy rico, y a ser rey de Argel; con el cual yo vine de Constantinopla,
algo contento, por estar tan cerca de España, no porque
pensase escribir a nadie el desdichado suceso mío, sino
por ver si me era más favorable la suerte en Argel que
en Constantinopla, donde ya había probado mil maneras de
huirme, y ninguna tuvo sazón ni ventura; y pensaba en Argel
buscar otros medios de alcanzar lo que tanto deseaba, porque jamás
me desamparó la esperanza de tener libertad; y cuando en
lo que fabricaba, pensaba y ponía por obra no correspondía
el suceso a la intención, luego, sin abandonarme, fingía
y buscaba otra esperanza que me sustentase, aunque fuese débil
y flaca.
"Con esto entretenía la vida, encerrado en una prisión
o casa que los turcos llaman baño, donde encierran los
cautivos cristianos, así los que son del rey como de algunos
particulares; y los que llaman del almacén, que es como
decir cautivos del concejo, que sirven a la ciudad en las obras
públicas que hace y en otros oficios, y estos tales cautivos
tienen muy dificultosa su libertad, que, como son del común
y no tienen amo particular, no hay con quien tratar su rescate,
aunque le tengan. En estos baños, como tengo dicho, suelen
llevar a sus cautivos algunos particulares del pueblo, principalmente
cuando son de rescate, porque allí los tienen holgados
y seguros hasta que venga su rescate. También los cautivos
del rey que son de rescate no salen al trabajo con la demás
chusma, si no es cuando se tarda su rescate; que entonces, por
hacerles que escriban por él con más ahínco,
les hacen trabajar y ir por leña con los demás,
que es un no pequeño trabajo.
"Yo, pues, era uno de los de rescate; que, como se supo que
era capitán, puesto que dije mi poca posibilidad y falta
de hacienda, no aprovechó nada para que no me pusiesen
en el número de los caballeros y gente de rescate. Pusiéronme
una cadena, más por señal de rescate que por guardarme
con ella; y así, pasaba la vida en aquel baño, con
otros muchos caballeros y gente principal, señalados y
tenidos por de rescate. Y, aunque la hambre y desnudez pudiera
fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba
tanto como oír y ver, a cada paso, las jamás vistas
ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos.
Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba
aquél; y esto, por tan poca ocasión, y tan sin ella,
que los turcos conocían que lo hacía no más
de por hacerlo, y por ser natural condición suya ser homicida
de todo el género humano. Sólo libró bien
con él un soldado español, llamado tal de Saavedra,
el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria
de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar
libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar,
ni le dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo,
temíamos todos que había de ser empalado, y así
lo temió él más de una vez; y si no fuera
porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este
soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto
mejor que con el cuento de mi historia.
"Digo, pues, que encima del patio de nuestra prisión
caían las ventanas de la casa de un moro rico y principal,
las cuales, como de ordinario son las de los moros, más
eran agujeros que ventanas, y aun éstas se cubrían
con celosías muy espesas y apretadas. Acaeció, pues,
que un día, estando en un terrado de nuestra prisión
con otros tres compañeros, haciendo pruebas de saltar con
las cadenas, por entretener el tiempo, estando solos, porque todos
los demás cristianos habían salido a trabajar, alcé
acaso los ojos y vi que por aquellas cerradas ventanillas que
he dicho parecía una caña, y al remate della puesto
un lienzo atado, y la caña se estaba blandeando y moviéndose,
casi como si hiciera señas que llegásemos a tomarla.
Miramos en ello, y uno de los que conmigo estaban fue a ponerse
debajo de la caña, por ver si la soltaban, o lo que hacían;
pero, así como llegó, alzaron la caña y la
movieron a los dos lados, como si dijeran no con la cabeza. Volvióse
el cristiano, y tornáronla a bajar y hacer los mesmos movimientos
que primero. Fue otro de mis compañeros, y sucedióle
lo mesmo que al primero. Finalmente, fue el tercero y avínole
lo que al primero y al segundo. Viendo yo esto, no quise dejar
de probar la suerte, y, así como llegué a ponerme
debajo de la caña, la dejaron caer, y dio a mis pies dentro
del baño. Acudí luego a desatar el lienzo, en el
cual vi un nudo, y dentro dél venían diez cianíis,
que son unas monedas de oro bajo que usan los moros, que cada
una vale diez reales de los nuestros. Si me holgué con
el hallazgo, no hay para qué decirlo, pues fue tanto el
contento como la admiración de pensar de donde podía
venirnos aquel bien, especialmente a mí, pues las muestras
de no haber querido soltar la caña sino a mí claro
decían que a mí se hacía la merced. Tomé
mi buen dinero, quebré la caña, volvíme al
terradillo, miré la ventana, y vi que por ella salía
una muy blanca mano, que la abrían y cerraban muy apriesa.
Con esto entendimos, o imaginamos, que alguna mujer que en aquella
casa vivía nos debía de haber hecho aquel beneficio;
y, en señal de que lo agradecíamos, hecimos zalemas
a uso de moros, inclinando la cabeza, doblando el cuerpo y poniendo
los brazos sobre el pecho. De allí a poco sacaron por la
mesma ventana una pequeña cruz hecha de cañas, y
luego la volvieron a entrar. Esta señal nos confirmó
en que alguna cristiana debía de estar cautiva en aquella
casa, y era la que el bien nos hacía; pero la blancura
de la mano, y las ajorcas que en ella vimos, nos deshizo este
pensamiento, puesto que imaginamos que debía de ser cristiana
renegada, a quien de ordinario suelen tomar por legítimas
mujeres sus mesmos amos, y aun lo tienen a ventura, porque las
estiman en más que las de su nación.
"En todos nuestros discursos dimos muy lejos de la verdad
del caso; y así, todo nuestro entretenimiento desde allí
adelante era mirar y tener por norte a la ventana donde nos había
aparecido la estrella de la caña; pero bien se pasaron
quince días en que no la vimos, ni la mano tampoco, ni
otra señal alguna. Y, aunque en este tiempo procuramos
con toda solicitud saber quién en aquella casa vivía,
y si había en ella alguna cristiana renegada, jamás
hubo quien nos dijese otra cosa, sino que allí vivía
un moro principal y rico, llamado Agi Morato, alcaide que había
sido de La Pata, que es oficio entre ellos de mucha calidad. Mas,
cuando más descuidados estábamos de que por allí
habían de llover más cianíis, vimos a deshora
parecer la caña, y otro lienzo en ella, con otro nudo más
crecido; y esto fue a tiempo que estaba el baño, como la
vez pasada, solo y sin gente. Hecimos la acostumbrada prueba,
yendo cada uno primero que yo, de los mismos tres que estábamos,
pero a ninguno se rindió la caña sino a mí,
porque, en llegando yo, la dejaron caer. Desaté el nudo,
y hallé cuarenta escudos de oro españoles y un papel
escrito en arábigo, y al cabo de lo escrito hecha una grande
cruz. Besé la cruz, tomé los escudos, volvíme
al terrado, hecimos todos nuestras zalemas, tornó a parecer
la mano, hice señas que leería el papel, cerraron
la ventana. Quedamos todos confusos y alegres con lo sucedido;
y, como ninguno de nosotros no entendía el arábigo,
era grande el deseo que teníamos de entender lo que el
papel contenía, y mayor la dificultad de buscar quien lo
leyese.
"En fin, yo me determiné de fiarme de un renegado,
natural de Murcia, que se había dado por grande amigo mío,
y puesto prendas entre los dos, que le obligaban a guardar el
secreto que le encargase; porque suelen algunos renegados, cuando
tienen intención de volverse a tierra de cristianos, traer
consigo algunas firmas de cautivos principales, en que dan fe,
en la forma que pueden, como el tal renegado es hombre de bien,
y que siempre ha hecho bien a cristianos, y que lleva deseo de
huirse en la primera ocasión que se le ofrezca. Algunos
hay que procuran estas fees con buena intención, otros
se sirven dellas acaso y de industria: que, viniendo a robar a
tierra de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, sacan
sus firmas y dicen que por aquellos papeles se verá el
propósito con que venían, el cual era de quedarse
en tierra de cristianos, y que por eso venían en corso
con los demás turcos. Con esto se escapan de aquel primer
ímpetu, y se reconcilian con la Iglesia, sin que se les
haga daño; y, cuando veen la suya, se vuelven a Berbería
a ser lo que antes eran. Otros hay que usan destos papeles, y
los procuran, con buen intento, y se quedan en tierra de cristianos.
"Pues uno de los renegados que he dicho era este mi amigo,
el cual tenía firmas de todas nuestras camaradas, donde
le acreditábamos cuanto era posible; y si los moros le
hallaran estos papeles, le quemaran vivo. Supe que sabía
muy bien arábigo, y no solamente hablarlo, sino escribirlo;
pero, antes que del todo me declarase con él, le dije que
me leyese aquel papel, que acaso me había hallado en un
agujero de mi rancho. Abrióle, y estuvo un buen espacio
mirándole y construyéndole, murmurando entre los
dientes. Preguntéle si lo entendía; díjome
que muy bien, y, que si quería que me lo declarase palabra
por palabra, que le diese tinta y pluma, porque mejor lo hiciese.
Dímosle luego lo que pedía, y él poco a poco
lo fue traduciendo; y, en acabando, dijo: ''Todo lo que va aquí
en romance, sin faltar letra, es lo que contiene este papel morisco;
y hase de advertir que adonde dice Lela Marién quiere decir
Nuestra Señora la Virgen María''.
"Leímos el papel, y decía así:
Cuando yo era niña, tenía mi padre una esclava,
la cual en mi lengua me mostró la zalá cristianesca,
y me dijo muchas cosas de Lela Marién. La cristiana murió,
y yo sé que no fue al fuego, sino con Alá, porque
después la vi dos veces, y me dijo que me fuese a tierra
de cristianos a ver a Lela Marién, que me quería
mucho. No sé yo cómo vaya: muchos cristianos he
visto por esta ventana, y ninguno me ha parecido caballero sino
tú. Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros
que llevar conmigo: mira tú si puedes hacer cómo
nos vamos, y serás allá mi marido, si quisieres,
y si no quisieres, no se me dará nada, que Lela Marién
me dará con quien me case. Yo escribí esto; mira
a quién lo das a leer: no te fíes de ningún
moro, porque son todos marfuces. Desto tengo mucha pena: que quisiera
que no te descubrieras a nadie, porque si mi padre lo sabe, me
echará luego en un pozo, y me cubrirá de piedras.
En la caña pondré un hilo: ata allí la respuesta;
y si no tienes quien te escriba arábigo, dímelo
por señas, que Lela Marién hará que te entienda.
Ella y Alá te guarden, y esa cruz que yo beso muchas veces;
que así me lo mandó la cautiva.
"Mirad, señores, si era razón que las razones
deste papel nos admirasen y alegrasen. Y así, lo uno y
lo otro fue de manera que el renegado entendió que no acaso
se había hallado aquel papel, sino que realmente a alguno
de nosotros se había escrito; y así, nos rogó
que si era verdad lo que sospechaba, que nos fiásemos dél
y se lo dijésemos, que él aventuraría su
vida por nuestra libertad. Y, diciendo esto, sacó del pecho
un crucifijo de metal, y con muchas lágrimas juró
por el Dios que aquella imagen representaba, en quien él,
aunque pecador y malo, bien y fielmente creía, de guardarnos
lealtad y secreto en todo cuanto quisiésemos descubrirle,
porque le parecía, y casi adevinaba que, por medio de aquella
que aquel papel había escrito, había él y
todos nosotros de tener libertad, y verse él en lo que
tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la Santa Iglesia,
su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y apartado
por su ignorancia y pecado.
"Con tantas lágrimas y con muestras de tanto arrepentimiento
dijo esto el renegado, que todos de un mesmo parecer consentimos,
y venimos en declararle la verdad del caso; y así, le dimos
cuenta de todo, sin encubrirle nada. Mostrámosle la ventanilla
por donde parecía la caña, y él marcó
desde allí la casa, y quedó de tener especial y
gran cuidado de informarse quién en ella vivía.
Acordamos, ansimesmo, que sería bien responder al billete
de la mora; y, como teníamos quien lo supiese hacer, luego
al momento el renegado escribió las razones que yo le fui
notando, que puntualmente fueron las que diré, porque de
todos los puntos sustanciales que en este suceso me acontecieron,
ninguno se me ha ido de la memoria, ni aun se me irá en
tanto que tuviere vida.
"En efeto, lo que a la mora se le respondió fue esto:
El verdadero Alá te guarde, señora mía, y
aquella bendita Marién, que es la verdadera madre de Dios
y es la que te ha puesto en corazón que te vayas a tierra
de cristianos, porque te quiere bien. Ruégale tú
que se sirva de darte a entender cómo podrás poner
por obra lo que te manda, que ella es tan buena que sí
hará. De mi parte y de la de todos estos cristianos que
están conmigo, te ofrezco de hacer por ti todo lo que pudiéremos,
hasta morir. No dejes de escribirme y avisarme lo que pensares
hacer, que yo te responderé siempre; que el grande Alá
nos ha dado un cristiano cautivo que sabe hablar y escribir tu
lengua tan bien como lo verás por este papel. Así
que, sin tener miedo, nos puedes avisar de todo lo que quisieres.
A lo que dices que si fueres a tierra de cristianos, que has de
ser mi mujer, yo te lo prometo como buen cristiano; y sabe que
los cristianos cumplen lo que prometen mejor que los moros. Alá
y Marién, su madre, sean en tu guarda, señora mía.
"Escrito y cerrado este papel, aguardé dos días
a que estuviese el baño solo, como solía, y luego
salí al paso acostumbrado del terradillo, por ver si la
caña parecía, que no tardó mucho en asomar.
Así como la vi, aunque no podía ver quién
la ponía, mostré el papel, como dando a entender
que pusiesen el hilo, pero ya venía puesto en la caña,
al cual até el papel, y de allí a poco tornó
a parecer nuestra estrella, con la blanca bandera de paz del atadillo.
Dejáronla caer, y alcé yo, y hallé en el
paño, en toda suerte de moneda de plata y de oro, más
de cincuenta escudos, los cuales cincuenta veces más doblaron
nuestro contento y confirmaron la esperanza de tener libertad.
"Aquella misma noche volvió nuestro renegado, y nos
dijo que había sabido que en aquella casa vivía
el mesmo moro que a nosotros nos habían dicho que se llamaba
Agi Morato, riquísimo por todo estremo, el cual tenía
una sola hija, heredera de toda su hacienda, y que era común
opinión en toda la ciudad ser la más hermosa mujer
de la Berbería; y que muchos de los vir[r]eyes que allí
venían la habían pedido por mujer, y que ella nunca
se había querido casar; y que también supo que tuvo
una cristiana cautiva, que ya se había muerto; todo lo
cual concertaba con lo que venía en el papel. Entramos
luego en consejo con el renegado, en qué orden se tendría
para sacar a la mora y venirnos todos a tierra de cristianos,
y, en fin, se acordó por entonces que esperásemos
el aviso segundo de Zoraida, que así se llamaba la que
ahora quiere llamarse María; porque bien vimos que ella,
y no otra alguna era la que había de dar medio a todas
aquellas dificultades. Después que quedamos en esto, dijo
el renegado que no tuviésemos pena, que él perdería
la vida o nos pondría en libertad.
"Cuatro días estuvo el baño con gente, que
fue ocasión que cuatro días tardase en parecer la
caña; al cabo de los cuales, en la acostumbrada soledad
del baño, pareció con el lienzo tan preñado,
que un felicísimo parto prometía. Inclinóse
a mí la caña y el lienzo, hallé en él
otro papel y cien escudos de oro, sin otra moneda alguna. Estaba
allí el renegado, dímosle a leer el papel dentro
de nuestro rancho, el cual dijo que así decía:
Yo no sé, mi señor, cómo dar orden que nos
vamos a España, ni Lela Marién me lo ha dicho, aunque
yo se lo he preguntado. Lo que se podrá hacer es que yo
os daré por esta ventana muchísimos dineros de oro:
rescataos vos con ellos y vuestros amigos, y vaya uno en tierra
de cristianos, y compre allá una barca y vuelva por los
demás; y a mí me hallarán en el jardín
de mi padre, que está a la puerta de Babazón, junto
a la marina, donde tengo de estar todo este verano con mi padre
y con mis criados. De allí, de noche, me podréis
sacar sin miedo y llevarme a la barca; y mira que has de ser mi
marido, porque si no, yo pediré a Marién que te
castigue. Si no te fías de nadie que vaya por la barca,
rescátate tú y ve, que yo sé que volverás
mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Procura saber
el jardín, y cuando te pasees por ahí sabré
que está solo el baño, y te daré mucho dinero.
Alá te guarde, señor mío.
"Esto decía y contenía el segundo papel. Lo
cual visto por todos, cada uno se ofreció a querer ser
el rescatado, y prometió de ir y volver con toda puntualidad,
y también yo me ofrecí a lo mismo; a todo lo cual
se opuso el renegado, diciendo que en ninguna manera consentiría
que ninguno saliese de libertad hasta que fuesen todos juntos,
porque la experiencia le había mostrado cuán mal
cumplían los libres las palabras que daban en el cautiverio;
porque muchas veces habían usado de aquel remedio algunos
principales cautivos, rescatando a uno que fuese a Valencia, o
Mallorca, con dineros para poder armar una barca y volver por
los que le habían rescatado, y nunca habían vuelto;
porque la libertad alcanzada y el temor de no volver a perderla
les borraba de la memoria todas las obligaciones del mundo. Y,
en confirmación de la verdad que nos decía, nos
contó brevemente un caso que casi en aquella mesma sazón
había acaecido a unos caballeros cristianos, el más
estraño que jamás sucedió en aquellas partes,
donde a cada paso suceden cosas de grande espanto y de admiración.
"En efecto, él vino a decir que lo que se podía
y debía hacer era que el dinero que se había de
dar para rescatar al cristiano, que se le diese a él para
comprar allí en Argel una barca, con achaque de hacerse
mercader y tratante en Tetuán y en aquella costa; y que,
siendo él señor de la barca, fácilmente se
daría traza para sacarlos del baño y embarcarlos
a todos. Cuanto más, que si la mora, como ella decía,
daba dineros para rescatarlos a todos, que, estando libres, era
facilísima cosa aun embarcarse en la mitad del día;
y que la dificultad que se ofrecía mayor era que los moros
no consienten que renegado alguno compre ni tenga barca, si no
es bajel grande para ir en corso, porque se temen que el que compra
barca, principalmente si es español, no la quiere sino
para irse a tierra de cristianos; pero que él facilitaría
este inconveniente con hacer que un moro tagarino fuese a la parte
con él en la compañía de la barca y en la
ganancia de las mercancías, y con esta sombra él
vendría a ser señor de la barca, con que daba por
acabado todo lo demás.
"Y, puesto que a mí y a mis camaradas nos había
parecido mejor lo de enviar por la barca a Mallorca, como la mora
decía, no osamos contradecirle, temerosos que, si no hacíamos
lo que él decía, nos había de descubrir y
poner a peligro de perder las vidas, si descubriese el trato de
Zoraida, por cuya vida diéramos todos las nuestras. Y así,
determinamos de ponernos en las manos de Dios y en las del renegado,
y en aquel mismo punto se le respondió a Zoraida, diciéndole
que haríamos todo cuanto nos aconsejaba, porque lo había
advertido tan bien como si Lela Marién se lo hubiera dicho,
y que en ella sola estaba dilatar aquel negocio, o ponello luego
por obra. Ofrecímele de nuevo de ser su esposo, y, con
esto, otro día que acaeció a estar solo el baño,
en diversas veces, con la caña y el paño, nos dio
dos mil escudos de oro, y un papel donde decía que el primer
jumá, que es el viernes, se iba al jardín de su
padre, y que antes que se fuese nos daría más dinero,
y que si aquello no bastase, que se lo avisásemos, que
nos daría cuanto le pidiésemos: que su padre tenía
tantos, que no lo echaría menos, cuanto más, que
ella tenía la llaves de todo.
"Dimos luego quinientos escudos al renegado para comprar
la barca; con ochocientos me rescaté yo, dando el dinero
a un mercader valenciano que a la sazón se hallaba en Argel,
el cual me rescató del rey, tomándome sobre su palabra,
dándola de que con el primer bajel que viniese de Valencia
pagaría mi rescate; porque si luego diera el dinero, fuera
dar sospechas al rey que había muchos días que mi
rescate estaba en Argel, y que el mercader, por sus granjerías,
lo había callado. Finalmente, mi amo era tan caviloso que
en ninguna manera me atreví a que luego se desembolsase
el dinero. El jueves antes del viernes que la hermosa Zoraida
se había de ir al jardín, nos dio otros mil escudos
y nos avisó de su partida, rogándome que, si me
rescatase, supiese luego el jardín de su padre, y que en
todo caso buscase ocasión de ir allá y verla. Respondíle
en breves palabras que así lo haría, y que tuviese
cuidado de encomendarnos a Lela Marién, con todas aquellas
oraciones que la cautiva le había enseñado.
"Hecho esto, dieron orden en que los tres compañeros
nuestros se rescatasen, por facilitar la salida del baño,
y porque, viéndome a mí rescatado, y a ellos no,
pues había dinero, no se alborotasen y les persuadiese
el diablo que hiciesen alguna cosa en perjuicio de Zoraida; que,
puesto que el ser ellos quien eran me podía asegurar deste
temor, con todo eso, no quise poner el negocio en aventura, y
así, los hice rescatar por la misma orden que yo me rescaté,
entregando todo el dinero al mercader, para que, con certeza y
seguridad, pudiese hacer la fianza; al cual nunca descubrimos
nuestro trato y secreto, por el peligro que había.
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