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Asaz melancólicos
y de mal talante llegaron a sus animales caballero y escudero,
especialmente Sancho, a quien llegaba al alma llegar al caudal
del dinero, pareciéndole que todo lo que dél se
quitaba era quitárselo a él de las niñas
de sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron a caballo
y se apartaron del famoso río, don Quijote sepultado en
los pensamientos de sus amores, y Sancho en los de su acrecentamiento,
que por entonces le parecía que estaba bien lejos de tenerle;
porque, maguer era tonto, bien se le alcanzaba que las acciones
de su amo, todas o las más, eran disparates, y buscaba
ocasión de que, sin entrar en cuentas ni en despedimientos
con su señor, un día se desgarrase y se fuese a
su casa. Pero la fortuna ordenó las cosas muy al revés
de lo que él temía.
Sucedió, pues, que otro día, al poner del sol y
al salir de una selva, tendió don Quijote la vista por
un verde prado, y en lo último dél vio gente, y,
llegándose cerca, conoció que eran cazadores de
altanería. Llegóse más, y entre ellos vio
una gallarda señora sobre un palafrén o hacanea
blanquísima, adornada de guarniciones verdes y con un sillón
de plata. Venía la señora asimismo vestida de verde,
tan bizarra y ricamente que la misma bizarría venía
transformada en ella. En la mano izquierda traía un azor,
señal que dio a entender a don Quijote ser aquélla
alguna gran señora, que debía serlo de todos aquellos
cazadores, como era la verdad; y así, dijo a Sancho:
-Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora del palafrén
y del azor que yo, el Caballero de los Leones, besa las manos
a su gran fermosura, y que si su grandeza me da licencia, se las
iré a besar, y a servirla en cuanto mis fuerzas pudieren
y su alteza me mandare. Y mira, Sancho, cómo hablas, y
ten cuenta de no encajar algún refrán de los tuyos
en tu embajada.
-¡Hallado os le habéis el encajador! -respondió
Sancho-. ¡A mí con eso! ¡Sí, que no
es ésta la vez primera que he llevado embajadas a altas
y crecidas señoras en esta vida!
-Si no fue la que llevaste a la señora Dulcinea -replicó
don Quijote-, yo no sé que hayas llevado otra, a lo menos
en mi poder.
-Así es verdad -respondió Sancho-, pero al buen
pagador no le duelen prendas, y en casa llena presto se guisa
la cena; quiero decir que a mí no hay que decirme ni advertirme
de nada, que para todo tengo y de todo se me alcanza un poco.
-Yo lo creo, Sancho -dijo don Quijote-; ve en buena hora, y Dios
te guíe.
Partió Sancho de carrera, sacando de su paso al rucio,
y llegó donde la bella cazadora estaba, y, apeándose,
puesto ante ella de hinojos, le dijo:
-Hermosa señora, aquel caballero que allí se parece,
llamado el Caballero de los Leones, es mi amo, y yo soy un escudero
suyo, a quien llaman en su casa Sancho Panza. Este tal Caballero
de los Leones, que no ha mucho que se llamaba el de la Triste
Figura, envía por mí a decir a vuestra grandeza
sea servida de darle licencia para que, con su propósito
y beneplácito y consentimiento, él venga a poner
en obra su deseo, que no es otro, según él dice
y yo pienso, que de servir a vuestra encumbrada altanería
y fermosura; que en dársela vuestra señoría
hará cosa que redunde en su pro, y él recibirá
señaladísima merced y contento.
-Por cierto, buen escudero -respondió la señora-,
vos habéis dado la embajada vuestra con todas aquellas
circunstancias que las tales embajadas piden. Levantaos del suelo,
que escudero de tan gran caballero como es el de la Triste Figura,
de quien ya tenemos acá mucha noticia, no es justo que
esté de hinojos; levantaos, amigo, y decid a vuestro señor
que venga mucho en hora buena a servirse de mí y del duque
mi marido, en una casa de placer que aquí tenemos.
Levantóse Sancho admirado, así de la hermosura de
la buena señora como de su mucha crianza y cortesía,
y más de lo que le había dicho que tenía
noticia de su señor el Caballero de la Triste Figura, y
que si no le había llamado el de los Leones, debía
de ser por habérsele puesto tan nuevamente. Preguntóle
la duquesa, cuyo título aún no se sabe:
-Decidme, hermano escudero: este vuestro señor, ¿no
es uno de quien anda impresa una historia que se llama del ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha, que tiene por señora
de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?
-El mesmo es, señora -respondió Sancho-; y aquel
escudero suyo que anda, o debe de andar, en la tal historia, a
quien llaman Sancho Panza, soy yo, si no es que me trocaron en
la cuna; quiero decir, que me trocaron en la estampa.
-De todo eso me huelgo yo mucho -dijo la duquesa-. Id, hermano
Panza, y decid a vuestro señor que él sea el bien
llegado y el bien venido a mis estados, y que ninguna cosa me
pudiera venir que más contento me diera.
Sancho, con esta tan agradable respuesta, con grandísimo
gusto volvió a su amo, a quien contó todo lo que
la gran señora le había dicho, levantando con sus
rústicos términos a los cielos su mucha fermosura,
su gran donaire y cortesía. Don Quijote se gallardeó
en la silla, púsose bien en los estribos, acomodóse
la visera, arremetió a Rocinante, y con gentil denuedo
fue a besar las manos a la duquesa; la cual, haciendo llamar al
duque, su marido, le contó, en tanto que don Quijote llegaba,
toda la embajada suya; y los dos, por haber leído la primera
parte desta historia y haber entendido por ella el disparatado
humor de don Quijote, con grandísimo gusto y con deseo
de conocerle le atendían, con prosupuesto de seguirle el
humor y conceder con él en cuanto les dijese, tratándole
como a caballero andante los días que con ellos se detuviese,
con todas las ceremonias acostumbradas en los libros de caballerías,
que ellos habían leído, y aun les eran muy aficionados.
En esto, llegó don Quijote, alzada la visera; y, dando
muestras de apearse, acudió Sancho a tenerle el estribo;
pero fue tan desgraciado que, al apearse del rucio, se le asió
un pie en una soga del albarda, de tal modo que no fue posible
desenredarle, antes quedó colgado dél, con la boca
y los pechos en el suelo. Don Quijote, que no tenía en
costumbre apearse sin que le tuviesen el estribo, pensando que
ya Sancho había llegado a tenérsele, descargó
de golpe el cuerpo, y llevóse tras sí la silla de
Rocinante, que debía de estar mal cinchado, y la silla
y él vinieron al suelo, no sin vergüenza suya y de
muchas maldiciones que entre dientes echó al desdichado
de Sancho, que aún todavía tenía el pie en
la corma.
El duque mandó a sus cazadores que acudiesen al caballero
y al escudero, los cuales levantaron a don Quijote maltrecho de
la caída, y, renqueando y como pudo, fue a hincar las rodillas
ante los dos señores; pero el duque no lo consintió
en ninguna manera, antes, apeándose de su caballo, fue
a abrazar a don Quijote, diciéndole:
-A mí me pesa, señor Caballero de la Triste Figura,
que la primera que vuesa merced ha hecho en mi tierra haya sido
tan mala como se ha visto; pero descuidos de escuderos suelen
ser causa de otros peores sucesos.
-El que yo he tenido en veros, valeroso príncipe -respondió
don Quijote-, es imposible ser malo, aunque mi caída no
parara hasta el profundo de los abismos, pues de allí me
levantara y me sacara la gloria de haberos visto. Mi escudero,
que Dios maldiga, mejor desata la lengua para decir malicias que
ata y cincha una silla para que esté firme; pero, comoquiera
que yo me halle, caído o levantado, a pie o a caballo,
siempre estaré al servicio vuestro y al de mi señora
la duquesa, digna consorte vuestra, y digna señora de la
hermosura y universal princesa de la cortesía.
-¡Pasito, mi señor don Quijote de la Mancha! -dijo
el duque-, que adonde está mi señora doña
Dulcinea del Toboso no es razón que se alaben otras fermosuras.
Ya estaba a esta sazón libre Sancho Panza del lazo, y,
hallándose allí cerca, antes que su amo respondiese,
dijo:
-No se puede negar, sino afirmar, que es muy hermosa mi señora
Dulcinea del Toboso, pero donde menos se piensa se levanta la
liebre; que yo he oído decir que esto que llaman naturaleza
es como un alcaller que hace vasos de barro, y el que hace un
vaso hermoso tam-bién puede hacer dos, y tres y ciento;
dígolo porque mi señora la duquesa a fee que no
va en zaga a mi ama la señora Dulcinea del Toboso.
Volvióse don Quijote a la duquesa y dijo:
-Vuestra grandeza imagine que no tuvo caballero andante en el
mundo escudero más hablador ni más gracioso del
que yo tengo, y él me sacará verdadero si algunos
días quisiere vuestra gran celsitud servirse de mí.
A lo que respondió la duquesa:
-De que Sancho el bueno sea gracioso lo estimo yo en mucho, porque
es señal que es discreto; que las gracias y los donaires,
señor don Quijote, como vuesa merced bien sabe, no asientan
sobre ingenios torpes; y, pues el buen Sancho es gracioso y donairoso,
desde aquí le confirmo por discreto.
-Y hablador -añadió don Quijote.
-Tanto que mejor -dijo el duque-, porque muchas gracias no se
pueden decir con pocas palabras. Y, porque no se nos vaya el tiempo
en ellas, venga el gran Caballero de la Triste Figura...
-De los Leones ha de decir vuestra alteza -dijo Sancho-, que ya
no hay Triste Figura, ni figuro.
-Sea el de los Leones -prosiguió el duque-. Digo que venga
el señor Caballero de los Leones a un castillo mío
que está aquí cerca, donde se le hará el
acogimiento que a tan alta persona se debe justamente, y el que
yo y la duquesa solemos hacer a todos los caballeros andantes
que a él llegan.
Ya en esto, Sancho había aderezado y cinchado bien la silla
a Rocinante; y, subiendo en él don Quijote, y el duque
en un hermoso caballo, pusieron a la duquesa en medio y encaminaron
al castillo. Mandó la duquesa a Sancho que fuese junto
a ella, porque gustaba infinito de oír sus discreciones.
No se hizo de rogar Sancho, y entretejióse entre los tres,
y hizo cuarto en la conversación, con gran gusto de la
duquesa y del duque, que tuvieron a gran ventura acoger en su
castillo tal caballero andante y tal escudero andado.
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