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Suma era la
alegría que llevaba consigo Sancho, viéndose, a
su parecer, en privanza con la duquesa, porque se le figuraba
que había de hallar en su castillo lo que en la casa de
don Diego y en la de Basilio, siempre aficionado a la buena vida;
y así, tomaba la ocasión por la melena en esto del
regalarse cada y cuando que se le ofrecía.
Cuenta, pues, la historia, que antes que a la casa de placer o
castillo llegasen, se adelantó el duque y dio orden a todos
sus criados del modo que habían de tratar a don Quijote;
el cual, como llegó con la duquesa a las puertas del castillo,
al instante salieron dél dos lacayos o palafreneros, vestidos
hasta en pies de unas ropas que llaman de levantar, de finísimo
raso carmesí, y, cogiendo a don Quijote en brazos, sin
ser oído ni visto, le dijeron:
-Vaya la vuestra grandeza a apear a mi señora la duquesa.
Don Quijote lo hizo, y hubo grandes comedimientos entre los dos
sobre el caso; pero, en efecto, venció la porfía
de la duquesa, y no quiso decender o bajar del palafrén
sino en los brazos del duque, diciendo que no se hallaba digna
de dar a tan gran caballero tan inútil carga. En fin, salió
el duque a apearla; y al entrar en un gran patio, llegaron dos
hermosas doncellas y echaron sobre los hombros a don Quijote un
gran manto de finísima escarlata, y en un instante se coronaron
todos los corredores del patio de criados y criadas de aquellos
señores, diciendo a grandes voces:
-¡Bien sea venido la flor y la nata de los caballeros andantes!
Y todos, o los más, derramaban pomos de aguas olorosas
sobre don Quijote y sobre los duques, de todo lo cual se admiraba
don Quijote; y aquél fue el primer día que de todo
en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero,
y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo
que él había leído se trataban los tales
caballeros en los pasados siglos.
Sancho, desamparando al rucio, se cosió con la duquesa
y se entró en el castillo; y, remordiéndole la conciencia
de que dejaba al jumento solo, se llegó a una reverenda
dueña, que con otras a recebir a la duquesa había
salido, y con voz baja le dijo:
-Señora González, o como es su gracia de vuesa merced...
-Doña Rodríguez de Grijalba me llamo -respondió
la dueña-. ¿Qué es lo que mandáis,
hermano?
A lo que respondió Sancho:
-Querría que vuesa merced me la hiciese de salir a la puerta
del cas-tillo, donde hallará un asno rucio mío;
vuesa merced sea servida de mandarle poner, o ponerle, en la caballeriza,
porque el pobrecito es un poco medroso, y no se hallará
a estar solo en ninguna de las maneras.
-Si tan discreto es el amo como el mozo -respondió la dueña-,
¡medradas estamos! Andad, hermano, mucho de enhoramala para
vos y para quien acá os trujo, y tened cuenta con vuestro
jumento, que las dueñas desta casa no estamos acostumbradas
a semejantes haciendas.
-Pues en verdad -respondió Sancho- que he oído yo
decir a mi señor, que es zahorí de las historias,
contando aquella de Lanzarote,
cuando de Bretaña vino,
que damas curaban dél,
y dueñas del su rocino;
y que en el particular de mi asno, que no le trocara yo con el
rocín del señor Lanzarote.
-Hermano, si sois juglar -replicó la dueña-, guardad
vuestras gracias para donde lo parezcan y se os paguen, que de
mi no podréis llevar sino una higa.
-¡Aun bien -respondió Sancho- que será bien
madura, pues no perderá vuesa merced la quínola
de sus años por punto menos!
-Hijo de puta -dijo la dueña, toda ya encendida en cólera-,
si soy vieja o no, a Dios daré la cuenta, que no a vos,
bellaco, harto de ajos.
Y esto dijo en voz tan alta, que lo oyó la duquesa; y,
volviendo y viendo a la dueña tan alborotada y tan encarnizados
los ojos, le preguntó con quién las había.
-Aquí las he -respondió la dueña- con este
buen hombre, que me ha pedido encarecidamente que vaya a poner
en la caballeriza a un asno suyo que está a la puerta del
castillo, trayéndome por ejemplo que así lo hicieron
no sé dónde, que unas damas curaron a un tal Lanzarote,
y unas dueñas a su rocino, y, sobre todo, por buen término
me ha llamado vieja.
-Eso tuviera yo por afrenta -respondió la duquesa-, más
que cuantas pudieran decirme.
Y, hablando con Sancho, le dijo:
-Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez es muy
moza, y que aquellas tocas más las trae por autoridad y
por la usanza que por los años.
-Malos sean los que me quedan por vivir -respondió Sancho-,
si lo dije por tanto; sólo lo dije porque es tan grande
el cariño que tengo a mi jumento, que me pareció
que no podía encomendarle a persona más caritativa
que a la señora doña Rodríguez.
Don Quijote, que todo lo oía, le dijo:
-¿Pláticas son éstas, Sancho, para este lugar?
-Señor -respondió Sancho-, cada uno ha de hablar
de su menester dondequiera que estuviere; aquí se me acordó
del rucio, y aquí hablé dél; y si en la caballeriza
se me acordara, allí hablara.
A lo que dijo el duque:
-Sancho está muy en lo cierto, y no hay que culparle en
nada; al rucio se le dará recado a pedir de boca, y descuide
Sancho, que se le tratará como a su mesma persona.
Con estos razonamientos, gustosos a todos sino a don Quijote,
llegaron a lo alto y entraron a don Quijote en una sala adornada
de telas riquísimas de oro y de brocado; seis doncellas
le desarmaron y sirvieron de pajes, todas industriadas y advertidas
del duque y de la duquesa de lo que habían de hacer, y
de cómo habían de tratar a don Quijote, para que
imaginase y viese que le trataban como caballero andante. Quedó
don Quijote, después de desarmado, en sus estrechos greguescos
y en su jubón de camuza, seco, alto, tendido, con las quijadas,
que por de dentro se besaba la una con la otra; figura que, a
no tener cuenta las doncellas que le servían con disimular
la risa -que fue una de las precisas órdenes que sus señores
les habían dado-, reventaran riendo.
Pidiéronle que se dejase desnudar para una camisa, pero
nunca lo consintió, diciendo que la honestidad parecía
tan bien en los caballeros andantes como la valentía. Con
todo, dijo que diesen la camisa a Sancho, y, encerrándose
con él en una cuadra donde estaba un rico lecho, se desnudó
y vistió la camisa; y, viéndose solo con Sancho,
le dijo:
-Dime, truhán moderno y majadero antiguo: ¿parécete
bien deshonrar y afrentar a una dueña tan veneranda y tan
digna de respeto como aquélla? ¿Tiempos eran aquéllos
para acordarte del rucio, o señores son éstos para
dejar mal pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus
dueños? Por quien Dios es, Sancho, que te reportes, y que
no descubras la hilaza de manera que caigan en la cuenta de que
eres de villana y grosera tela tejido. Mira, pecador de ti, que
en tanto más es tenido el señor cuanto tiene más
honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajas mayores
que llevan los príncipes a los demás hombres es
que se sirven de criados tan buenos como ellos. ¿No adviertes,
angustiado de ti, y malaventurado de mí, que si veen que
tú eres un grosero villano, o un mentecato gracioso, pensarán
que yo soy algún echacuervos, o algún caballero
de mohatra? No, no, Sancho amigo, huye, huye destos inconvinientes,
que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primer puntapié
cae y da en truhán desgraciado. Enfrena la lengua, considera
y rumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte
que hemos llegado a parte donde, con el favor de Dios y valor
de mi brazo, hemos de salir mejorados en tercio y quinto en fama
y en hacienda.
Sancho le prometió con muchas veras de coserse la boca,
o morderse la lengua, antes de hablar palabra que no fuese muy
a propósito y bien considerada, como él se lo mandaba,
y que descuidase acerca de lo tal, que nunca por él se
descubriría quién ellos eran.
Vistióse don Quijote, púsose su tahalí con
su espada, echóse el mantón de escarlata a cuestas,
púsose una montera de raso verde que las doncellas le dieron,
y con este adorno salió a la gran sala, adonde halló
a las doncellas puestas en ala, tantas a una parte como a otra,
y todas con aderezo de darle aguamanos, la cual le dieron con
muchas reverencias y ceremonias.
Luego llegaron doce pajes con el maestresala, para llevarle a
comer, que ya los señores le aguardaban. Cogiéronle
en medio, y, lleno de pompa y majestad, le llevaron a otra sala,
donde estaba puesta una rica mesa con solos cuatro servicios.
La duquesa y el duque salieron a la puerta de la sala a recebirle,
y con ellos un grave eclesiástico, destos que gobiernan
las casas de los príncipes; destos que, como no nacen príncipes,
no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que
lo son; destos que quieren que la grandeza de los grandes se mida
con la estrecheza de sus ánimos; destos que, queriendo
mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados, les hacen ser
miserables; destos tales, digo que debía de ser el grave
religioso que con los duques salió a recebir a don Quijote.
Hiciéronse mil corteses comedimientos, y, finalmente, cogiendo
a don Quijote en medio, se fueron a sentar a la mesa.
Convidó el duque a don Quijote con la cabecera de la mesa,
y aunque él lo rehusó, las importunaciones del duque
fueron tantas que la hubo de tomar. El eclesiástico se
sentó frontero, y el duque y la duquesa a los dos lados.
A todo estaba presente Sancho, embobado y atónito de ver
la honra que a su señor aquellos príncipes le hacían;
y, viendo las muchas ceremonias y ruegos que pasaron entre el
duque y don Quijote para hacerle sentar a la cabecera de la mesa,
dijo:
-Si sus mercedes me dan licencia, les contaré un cuento
que pasó en mi pueblo acerca desto de los asientos.
Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando don Quijote tembló,
creyendo sin duda alguna que había de decir alguna necedad.
Miróle Sancho y entendióle, y dijo:
-No tema vuesa merced, señor mío, que yo me desmande,
ni que diga cosa que no venga muy a pelo, que no se me han olvidado
los consejos que poco ha vuesa merced me dio sobre el hablar mucho
o poco, o bien o mal.
-Yo no me acuerdo de nada, Sancho -respondió don Quijote-;
di lo que quisieres, como lo digas presto.
-Pues lo que quiero decir -dijo Sancho- es tan verdad, que mi
señor don Quijote, que está presente, no me dejará
mentir.
-Por mí -replicó don Quijote-, miente tú,
Sancho, cuanto quisieres, que yo no te iré a la mano, pero
mira lo que vas a decir.
-Tan mirado y remirado lo tengo, que a buen salvo está
el que repica, como se verá por la obra.
-Bien será -dijo don Quijote- que vuestras grandezas manden
echar de aquí a este tonto, que dirá mil patochadas.
-Por vida del duque -dijo la duquesa-, que no se ha de apartar
de mí Sancho un punto: quiérole yo mucho, porque
sé que es muy discreto.
-Discretos días -dijo Sancho- viva vuestra santidad por
el buen crédito que de mí tiene, aunque en mí
no lo haya. Y el cuento que quiero decir es éste: "Convidó
un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque venía
de los Álamos de Medina del Campo, que casó con
doña Mencía de Quiñones, que fue hija de
don Alonso de Marañón, caballero del hábito
de Santiago, que se ahogó en la Herradura, por quien hubo
aquella pendencia años ha en nuestro lugar, que, a lo que
entiendo, mi señor don Quijote se halló en ella,
de donde salió herido Tomasillo el Travieso, el hijo de
Balbastro el herrero..." ¿No es verdad todo esto,
señor nuestro amo? Dígalo, por su vida, porque estos
señores no me tengan por algún hablador mentiroso.
-Hasta ahora -dijo el eclesiástico-, más os tengo
por hablador que por mentiroso, pero de aquí adelante no
sé por lo que os tendré.
-Tú das tantos testigos, Sancho, y tantas señas,
que no puedo dejar de decir que debes de decir verdad. Pasa adelante
y acorta el cuento, porque llevas camino de no acabar en dos días.
-No ha de acortar tal -dijo la duquesa-, por hacerme a mí
placer; antes, le ha de contar de la manera que le sabe, aunque
no le acabe en seis días; que si tantos fuesen, serían
para mí los mejores que hubiese llevado en mi vida.
-"Digo, pues, señores míos -prosiguió
Sancho-, que este tal hidalgo, que yo conozco como a mis manos,
porque no hay de mi casa a la suya un tiro de ballesta, convidó
un labrador pobre, pero honrado."
-Adelante, hermano -dijo a esta sazón el religioso-, que
camino lleváis de no parar con vuestro cuento hasta el
otro mundo.
-A menos de la mitad pararé, si Dios fuere servido -respondió
Sancho-. "Y así, digo que, llegando el tal labrador
a casa del dicho hidalgo convidador, que buen poso haya su ánima,
que ya es muerto, y por más señas dicen que hizo
una muerte de un ángel, que yo no me hallé presente,
que había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque..."
-Por vida vuestra, hijo, que volváis presto de Tembleque,
y que, sin enterrar al hidalgo, si no queréis hacer más
exequias, acabéis vuestro cuento.
-"Es, pues, el caso -replicó Sancho- que, estando
los dos para asentarse a la mesa, que parece que ahora los veo
más que nunca..."
Gran gusto recebían los duques del disgusto que mostraba
tomar el buen religioso de la dilación y pausas con que
Sancho contaba su cuento, y don Quijote se estaba consumiendo
en cólera y en rabia.
-"Digo, así -dijo Sancho-, que, estando, como he dicho,
los dos para sentarse a la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo
que tomase la cabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba también
que el labrador la tomase, porque en su casa se había de
hacer lo que él mandase; pero el labrador, que presumía
de cortés y bien criado, jamás quiso, hasta que
el hidalgo, mohíno, poniéndole ambas manos sobre
los hombros, le hizo sentar por fuerza, diciéndole: ''Sentaos,
majagranzas, que adondequiera que yo me siente será vuestra
cabecera''." Y éste es el cuento, y en verdad que
creo que no ha sido aquí traído fuera de propósito.
Púsose don Quijote de mil colores, que sobre lo moreno
le jaspeaban y se le parecían; los señores disimularon
la risa, porque don Quijote no acabase de correrse, habiendo entendido
la malicia de Sancho; y, por mudar de plática y hacer que
Sancho no prosiguiese con otros disparates, preguntó la
duquesa a don Quijote que qué nuevas tenía de la
señora Dulcinea, y que si le había enviado aquellos
días algunos presentes de gigantes o malandrines, pues
no podía dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote
respondió:
-Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio,
nunca tendrán fin. Gigantes he vencido, y follones y malandrines
le he enviado, pero ¿adónde la habían de
hallar, si está encantada y vuelta en la más fea
labradora que imaginar se puede?
-No sé -dijo Sancho Panza-, a mí me parece la más
hermosa criatura del mundo; a lo menos, en la ligereza y en el
brincar bien sé yo que no dará ella la ventaja a
un volteador; a buena fe, señora duquesa, así salta
desde el suelo sobre una borrica como si fuera un gato.
-¿Habéisla visto vos encantada, Sancho? -preguntó
el duque.
-Y ¡cómo si la he visto! -respondió Sancho-.
Pues, ¿quién diablos sino yo fue el primero que
cayó en el achaque del encantorio? ¡Tan encantada
está como mi padre!
El eclesiástico, que oyó decir de gigantes, de follones
y de encantos, cayó en la cuenta de que aquél debía
de ser don Quijote de la Mancha, cuya historia leía el
duque de ordinario, y él se lo había reprehendido
muchas veces, diciéndole que era disparate leer tales disparates;
y, enterándose ser verdad lo que sospechaba, con mucha
cólera, hablando con el duque, le dijo:
-Vuestra Excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta
a Nuestro Señor de lo que hace este buen hombre. Este don
Quijote, o don Tonto, o como se llama, imagino yo que no debe
de ser tan mentecato como Vuestra Excelencia quiere que sea, dándole
ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces y vaciedades.
Y, volviendo la plática a don Quijote, le dijo:
-Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado
en el celebro que sois caballero andante y que vencéis
gigantes y prendéis malandrines? Andad en hora buena, y
en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestros hijos,
si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de
andar vagando por el mundo, papando viento y dando que reír
a cuan-tos os conocen y no conocen. ¿En dónde, nora
tal, habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros
andantes? ¿Dónde hay gigantes en España,
o malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la
caterva de las simplicidades que de vos se cuentan?
Atento estuvo don Quijote a las razones de aquel venerable varón,
y, viendo que ya callaba, sin guardar respeto a los duques, con
semblante airado y alborotado rostro, se puso en pie y dijo...
Pero esta respuesta capítulo por sí merece.
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