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Tenía
un mayordomo el duque de muy burlesco y desenfadado ingenio, el
cual hizo la figura de Merlín y acomodó todo el
aparato de la aventura pasada, compuso los versos y hizo que un
paje hiciese a Dulcinea. Finalmente, con intervención de
sus señores, ordenó otra del más gracioso
y estraño artificio que puede imaginarse.
Preguntó la duquesa a Sancho otro día si había
comenzado la tarea de la penitencia que había de hacer
por el desencanto de Dulcinea. Di-jo que sí, y que aquella
noche se había dado cinco azotes. Preguntóle la
duquesa que con qué se los había dado. Respondió
que con la mano.
-Eso -replicó la duquesa- más es darse de palmadas
que de azotes. Yo tengo para mí que el sabio Merlín
no estará contento con tanta blandura; menester será
que el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las
de canelones, que se dejen sentir; porque la letra con sangre
entra, y no se ha de dar tan barata la libertad de una tan gran
señora como lo es Dulcinea por tan poco precio; y advierta
Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente
no tienen mérito ni valen nada.
A lo que respondió Sancho:
-Déme vuestra señoría alguna diciplina o
ramal conveniente, que yo me daré con él como no
me duela demasiado, porque hago saber a vuesa merced que, aunque
soy rústico, mis carnes tienen más de algodón
que de esparto, y no será bien que yo me descríe
por el provecho ajeno.
-Sea en buena hora -respondió la duquesa-: yo os daré
mañana una diciplina que os venga muy al justo y se acomode
con la ternura de vuestras carnes, como si fueran sus hermanas
propias.
A lo que dijo Sancho:
-Sepa vuestra alteza, señora mía de mi ánima,
que yo tengo escrita una carta a mi mujer Teresa Panza, dándole
cuenta de todo lo que me ha sucedido después que me aparté
della; aquí la tengo en el seno, que no le falta más
de ponerle el sobreescrito; querría que vuestra discreción
la leyese, porque me parece que va conforme a lo de gobernador,
digo, al modo que deben de escribir los gobernadores.
-¿Y quién la notó? -preguntó la duquesa.
-¿Quién la había de notar sino yo, pecador
de mí? -respondió Sancho.
-¿Y escribístesla vos? -dijo la duquesa.
-Ni por pienso -respondió Sancho-, porque yo no sé
leer ni escribir, puesto que sé firmar.
-Veámosla -dijo la duquesa-, que a buen seguro que vos
mostréis en ella la calidad y suficiencia de vuestro ingenio.
Sacó Sancho una carta abierta del seno, y, tomándola
la duquesa, vio que decía desta manera:
Carta de Sancho Panza a Teresa Panza, su mujer
Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba; si buen gobierno
me tengo, buenos azotes me cuesta. Esto no lo entenderás
tú, Teresa mía, por ahora; otra vez lo sabrás.
Has de saber, Teresa, que tengo determinado que andes en coche,
que es lo que hace al caso, porque todo otro andar es andar a
gatas. Mujer de un gobernador eres, ¡mira si te roerá
nadie los zancajos! Ahí te envío un vestido verde
de cazador, que me dio mi señora la duquesa; acomódale
en modo que sirva de saya y cuerpos a nuestra hija. Don Quijote,
mi amo, según he oído decir en esta tierra, es un
loco cuerdo y un mentecato gracioso, y que yo no le voy en zaga.
Hemos estado en la cueva de Montesinos, y el sabio Merlín
ha echado mano de mí para el desencanto de Dulcinea del
Toboso, que por allá se llama Aldonza Lorenzo: con tres
mil y trecientos azotes, menos cinco, que me he de dar, quedará
desencantada como la madre que la parió. No dirás
desto nada a nadie, porque pon lo tuyo en concejo, y unos dirán
que es blanco y otros que es negro. De aquí a pocos días
me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo
deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores
nuevos van con este mesmo deseo; tomaréle el pulso, y avisaréte
si has de venir a estar conmigo o no. El rucio está bueno,
y se te encomienda mucho; y no le pienso dejar, aunque me llevaran
a ser Gran Turco. La duquesa mi señora te besa mil veces
las manos; vuélvele el retorno con dos mil, que no hay
cosa que menos cueste ni valga más barata, según
dice mi amo, que los buenos comedimientos. No ha sido Dios servido
de depararme otra maleta con otros cien escudos, como la de marras,
pero no te dé pena, Teresa mía, que en salvo está
el que repica, y todo saldrá en la colada del gobierno;
sino que me ha dado gran pena que me dicen que si una vez le pruebo,
que me tengo de comer las manos tras él; y si así
fuese, no me costaría muy barato, aunque los estropeados
y mancos ya se tienen su calonjía en la limosna que piden;
así que, por una vía o por otra, tú has de
ser rica, de buena ventura. Dios te la dé, como puede,
y a mí me guarde para servirte. Deste castillo, a veinte
de julio de 1614.
Tu marido el gobernador,
Sancho Panza.
En acabando la duquesa de leer la carta, dijo a Sancho:
-En dos cosas anda un poco descaminado el buen gobernador: la
una, en decir o dar a entender que este gobierno se le han dado
por los azotes que se ha de dar, sabiendo él, que no lo
puede negar, que cuando el duque, mi señor, se le prometió,
no se soñaba haber azotes en el mundo; la otra es que se
muestra en ella muy codicioso, y no querría que orégano
fuese, porque la codicia rompe el saco, y el gobernador codicioso
hace la justicia desgobernada.
-Yo no lo digo por tanto, señora -respondió Sancho-;
y si a vuesa merced le parece que la tal carta no va como ha de
ir, no hay sino rasgarla y hacer otra nueva, y podría ser
que fuese peor si me lo dejan a mi caletre.
-No, no -replicó la duquesa-, buena está ésta,
y quiero que el duque la vea.
Con esto se fueron a un jardín, donde habían de
comer aquel día. Mostró la duquesa la carta de Sancho
al duque, de que recibió grandísimo contento. Comieron,
y después de alzado los manteles, y después de haberse
entretenido un buen espacio con la sabrosa conversación
de Sancho, a deshora se oyó el son tristísimo de
un pífaro y el de un ronco y destemplado tambor. Todos
mostraron alborotarse con la confusa, marcial y triste armonía,
especialmente don Quijote, que no cabía en su asiento de
puro alborotado; de Sancho no hay que decir sino que el miedo
le llevó a su acostumbrado refugio, que era el lado o faldas
de la duquesa, porque real y verdaderamente el son que se escuchaba
era tristísimo y malencólico.
Y, estando todos así suspensos, vieron entrar por el jardín
adelante dos hombres vestidos de luto, tan luego y tendido que
les arrastraba por el suelo; éstos venían tocando
dos grandes tambores, asimismo cubiertos de negro. A su lado venía
el pífaro, negro y pizmiento como los demás. Seguía
a los tres un personaje de cuerpo agigantado, amantado, no que
vestido, con una negrísima loba, cuya falda era asimismo
desaforada de grande. Por encima de la loba le ceñía
y atravesaba un ancho tahelí, también negro, de
quien pendía un desmesurado alfanje de guarniciones y vaina
negra. Venía cubierto el rostro con un trasparente velo
negro, por quien se entreparecía una longísima barba,
blanca como la nieve. Movía el paso al son de los tambores
con mucha gravedad y reposo. En fin, su grandeza, su contoneo,
su negrura y su acompañamiento pudiera y pudo suspender
a todos aquellos que sin conocerle le miraron.
Llegó, pues, con el espacio y prosopopeya referida a hincarse
de rodillas ante el duque, que en pie, con los demás que
allí estaban, le atendía; pero el duque en ninguna
manera le consintió hablar hasta que se levantase. Hízolo
así el espantajo prodigioso, y, puesto en pie, alzó
el antifaz del rostro y hizo patente la más horrenda, la
más larga, la más blanca y más poblada barba
que hasta entonces humanos ojos habían visto, y luego desencajó
y arrancó del ancho y dilatado pecho una voz grave y sonora,
y, poniendo los ojos en el duque, dijo:
-Altísimo y poderoso señor, a mí me llaman
Trifaldín el de la Barba Blanca; soy escudero de la condesa
Trifaldi, por otro nombre lla-mada la Dueña Dolorida, de
parte de la cual traigo a vuestra grandeza una embajada, y es
que la vuestra magnificencia sea servida de darla facultad y licencia
para entrar a decirle su cuita, que es una de las más nuevas
y más admirables que el más cuitado pensamiento
del orbe pueda haber pensado. Y primero quiere saber si está
en este vuestro castillo el valeroso y jamás vencido caballero
don Quijote de la Mancha, en cuya busca viene a pie y sin desayunarse
desde el reino de Candaya hasta este vuestro estado, cosa que
se puede y debe tener a milagro o a fuerza de encantamento. Ella
queda a la puerta desta fortaleza o casa de campo, y no aguarda
para entrar sino vuestro beneplácito. Dije.
Y tosió luego y manoseóse la barba de arriba abajo
con entrambas manos, y con mucho sosiego estuvo atendiendo la
respuesta del duque, que fue:
-Ya, buen escudero Trifaldín de la Blanca Barba, ha muchos
días que tenemos noticia de la desgracia de mi señora
la condesa Trifaldi, a quien los encantadores la hacen llamar
la Dueña Dolorida; bien podéis, estupendo escudero,
decirle que entre y que aquí está el valiente caballero
don Quijote de la Mancha, de cuya condición generosa puede
prometerse con seguridad todo amparo y toda ayuda; y asimismo
le podréis decir de mi parte que si mi favor le fuere necesario,
no le ha de faltar, pues ya me tiene obligado a dársele
el ser caballero, a quien es anejo y concerniente favorecer a
toda suerte de mujeres, en especial a las dueñas viudas,
menoscabadas y doloridas, cual lo debe estar su señoría.
Oyendo lo cual Trifaldín, inclinó la rodilla hasta
el suelo, y, haciendo al pífaro y tambores señal
que tocasen, al mismo son y al mismo paso que había entrado,
se volvió a salir del jardín, dejando a todos admirados
de su presencia y compostura. Y, volviéndose el duque a
don Quijote, le dijo:
-En fin, famoso caballero, no pueden las tinieblas de malicia
ni de la ignorancia encubrir y escurecer la luz del valor y de
la virtud. Digo esto porque apenas ha seis días que la
vuestra bondad está en este castillo, cuando ya os vienen
a buscar de lueñas y apartadas tierras, y no en carrozas
ni en dromedarios, sino a pie y en ayunas; los tristes, los afligidos,
confiados que han de hallar en ese fortísimo brazo el remedio
de sus cuitas y trabajos, merced a vuestras grandes hazañas,
que corren y rodean todo lo descubierto de la tierra.
-Quisiera yo, señor duque -respondió don Quijote-,
que estuviera aquí presente aquel bendito religioso que
a la mesa el otro día mostró tener tan mal talante
y tan mala ojeriza contra los caballeros andantes, para que viera
por vista de ojos si los tales caballeros son necesarios en el
mundo: tocara, por lo menos, con la mano que los extraordinariamente
afligidos y desconsolados, en casos grandes y en desdichas inormes
no van a buscar su remedio a las casas de los letrados, ni a la
de los sacristanes de las aldeas, ni al caballero que nunca ha
acertado a salir de los términos de su lugar, ni al perezoso
cortesano que antes busca nuevas para referirlas y contarlas,
que procura hacer obras y hazañas para que otros las cuenten
y las escriban; el remedio de las cuitas, el socorro de las necesidades,
el amparo de las doncellas, el consuelo de las viudas, en ninguna
suerte de personas se halla mejor que en los caballeros andantes,
y de serlo yo doy infinitas gracias al cielo, y doy por muy bien
empleado cualquier desmán y trabajo que en este tan honroso
ejercicio pueda sucederme. Venga esta dueña y pida lo que
quisiere, que yo le libraré su remedio en la fuerza de
mi brazo y en la intrépida resolución de mi animoso
espíritu.
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