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De cualquiera
palabra que Sancho decía, la duquesa gustaba tanto como
se desesperaba don Quijote; y, mandándole que callase,
la Dolorida prosiguió diciendo:
-"En fin, al cabo de muchas demandas y respuestas, como la
infanta se estaba siempre en sus trece, sin salir ni variar de
la primera declaración, el vicario sentenció en
favor de don Clavijo, y se la entregó por su legítima
esposa, de lo que recibió tanto enojo la reina doña
Maguncia, madre de la infanta Antonomasia, que dentro de tres
días la enterramos."
-Debió de morir, sin duda -dijo Sancho.
-¡Claro está! -respondió Trifaldín-,
que en Candaya no se entierran las personas vivas, sino las muertas.
-Ya se ha visto, señor escudero -replicó Sancho-,
enterrar un desmayado creyendo ser muerto, y parecíame
a mí que estaba la reina Maguncia obligada a desmayarse
antes que a morirse; que con la vida muchas cosas se remedian,
y no fue tan grande el disparate de la infanta que obligase a
sentirle tanto. Cuando se hubiera casado esa señora con
algún paje suyo, o con otro criado de su casa, como han
hecho otras muchas, según he oído decir, fuera el
daño sin remedio; pero el haberse casado con un caballero
tan gentilhombre y tan entendido como aquí nos le han pintado,
en verdad en verdad que, aunque fue necedad, no fue tan grande
como se piensa; porque, según las reglas de mi señor,
que está presente y no me dejará mentir, así
como se hacen de los hombres letrados los obispos, se pueden hacer
de los caballeros, y más si son andantes, los reyes y los
emperadores.
-Razón tienes, Sancho -dijo don Quijote-, porque un caballero
andante, como tenga dos dedos de ventura, está en potencia
propincua de ser el mayor señor del mundo. Pero, pase adelante
la señora Dolorida, que a mí se me trasluce que
le falta por contar lo amargo desta hasta aquí dulce historia.
-Y ¡cómo si queda lo amargo! -respondió la
condesa-, y tan amargo que en su comparación son dulces
las tueras y sabrosas las adelfas. "Muerta, pues, la reina,
y no desmayada, la enterramos; y, apenas la cubrimos con la tierra
y apenas le dimos el último vale, cuando,
quis talia fando temperet a lachrymis?,
puesto sobre un caballo de madera, pareció encima de la
sepultura de la reina el gigante Malambruno, primo cormano de
Maguncia, que junto con ser cruel era encantador, el cual con
sus artes, en venganza de la muerte de su cormana, y por castigo
del atrevimiento de don Clavijo, y por despecho de la demasía
de Antonomasia, los dejó encantados sobre la mesma sepultura:
a ella, convertida en una jimia de bronce, y a él, en un
espantoso cocodrilo de un metal no conocido, y entre los dos está
un padrón, asimismo de metal, y en él escritas en
lengua siríaca unas letras que, habiéndose declarado
en la candayesca, y ahora en la castellana, encierran esta sentencia:
"No cobrarán su primera forma estos dos atrevidos
amantes hasta que el valeroso manchego venga conmigo a las manos
en singular batalla, que para solo su gran valor guardan los hados
esta nunca vista aventura". Hecho esto, sacó de la
vaina un ancho y desmesurado alfanje, y, asiéndome a mí
por los cabellos, hizo finta de querer segarme la gola y cortarme
cercen la cabeza. Turbéme, pegóseme la voz a la
garganta, quedé mohína en todo estremo, pero, con
todo, me esforcé lo más que pude, y, con voz tembladora
y doliente, le dije tantas y tales cosas, que le hicieron suspender
la ejecución de tan riguroso castigo. Finalmente, hizo
traer ante sí todas las dueñas de palacio, que fueron
estas que están presentes, y, después de haber exagerado
nuestra culpa y vituperado las condiciones de las dueñas,
sus malas mañas y peores trazas, y cargando a todas la
culpa que yo sola tenía, dijo que no quería con
pena capital castigarnos, sino con otras penas dilatadas, que
nos diesen una muerte civil y continua; y, en aquel mismo momento
y punto que acabó de decir esto, sentimos todas que se
nos abrían los poros de la cara, y que por toda ella nos
punzaban como con puntas de agujas. Acudimos luego con las manos
a los rostros, y hallámonos de la manera que ahora veréis."
Y luego la Dolorida y las demás dueñas alzaron los
antifaces con que cubiertas venían, y descubrieron los
rostros, todos poblados de barbas, cuáles rubias, cuáles
negras, cuáles blancas y cuáles albarrazadas, de
cuya vista mostraron quedar admirados el duque y la duquesa, pasmados
don Quijote y Sancho, y atónitos todos los presentes.
Y la Trifaldi prosiguió:
-"Desta manera nos castigó aquel follón y malintencionado
de Malambruno, cubriendo la blandura y morbidez de nuestros rostros
con la aspereza destas cerdas, que pluguiera al cielo que antes
con su desmesurado alfanje nos hubiera derribado las testas, que
no que nos asombrara la luz de nuestras caras con esta borra que
nos cubre; porque si entramos en cuenta, señores míos
(y esto que voy a decir agora lo quisiera decir hechos mis ojos
fuentes, pero la consideración de nuestra desgracia, y
los mares que hasta aquí han llovido, los tienen sin humor
y secos como aristas, y así, lo diré sin lágrimas),
digo, pues, que ¿adónde podrá ir una dueña
con barbas? ¿Qué padre o qué madre se dolerá
della? ¿Quién la dará ayuda? Pues, aun cuando
tiene la tez lisa y el rostro martirizado con mil suertes de menjurjes
y mudas, apenas halla quien bien la quiera, ¿qué
hará cuando descubra hecho un bosque su rostro? ¡Oh
dueñas y compañeras mías, en desdichado punto
nacimos, en hora menguada nuestros padres nos engendraron!"
Y, diciendo esto, dio muestras de desmayarse.
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