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Con el felice
y gracioso suceso de la aventura de la Dolorida, quedaron tan
contentos los duques, que determinaron pasar con las burlas adelante,
viendo el acomodado sujeto que tenían para que se tuviesen
por veras; y así, habiendo dado la traza y órdenes
que sus criados y sus vasallos habían de guardar con Sancho
en el gobierno de la ínsula prometida, otro día,
que fue el que sucedió al vuelo de Clavileño, dijo
el duque a Sancho que se adeliñase y compusiese para ir
a ser gobernador, que ya sus insulanos le estaban esperando como
el agua de mayo. Sancho se le humilló y le dijo:
-Después que bajé del cielo, y después que
desde su alta cumbre miré la tierra y la vi tan pequeña,
se templó en parte en mí la gana que tenía
tan grande de ser gobernador; porque, ¿qué grandeza
es mandar en un grano de mostaza, o qué dignidad o imperio
el gobernar a media docena de hombres tamaños como avellanas,
que, a mi parecer, no había más en toda la tierra?
Si vuestra señoría fuese servido de darme una tantica
parte del cielo, aunque no fuese más de media legua, la
tomaría de mejor gana que la mayor ínsula del mundo.
-Mirad, amigo Sancho -respondió el duque-: yo no puedo
dar parte del cielo a nadie, aunque no sea mayor que una uña,
que a solo Dios están reservadas esas mercedes y gracias.
Lo que puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha,
redonda y bien proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa,
donde si vos os sabéis dar maña, podéis con
las riquezas de la tierra granjear las del cielo.
-Ahora bien -respondió Sancho-, venga esa ínsula,
que yo pugnaré por ser tal gobernador que, a pesar de bellacos,
me vaya al cielo; y esto no es por codicia que yo tenga de salir
de mis casillas ni de levantarme a mayores, sino por el deseo
que tengo de probar a qué sabe el ser gobernador.
-Si una vez lo probáis, Sancho -dijo el duque-, comeros
heis las manos tras el gobierno, por ser dulcísima cosa
el mandar y ser obedecido. A buen seguro que cuando vuestro dueño
llegue a ser emperador, que lo será sin duda, según
van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen comoquiera,
y que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere
dejado de serlo.
-Señor -replicó Sancho-, yo imagino que es bueno
mandar, aunque sea a un hato de ganado.
-Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo -respondió
el duque-, y yo espero que seréis tal gobernador como vuestro
juicio promete, y quédese esto aquí y advertid que
mañana en ese mesmo día habéis de ir al gobierno
de la ínsula, y esta tarde os acomodarán del traje
conveniente que habéis de llevar y de todas las cosas necesarias
a vuestra partida.
-Vístanme -dijo Sancho- como quisieren, que de cualquier
manera que vaya vestido seré Sancho Panza.
-Así es verdad -dijo el duque-, pero los trajes se han
de acomodar con el oficio o dignidad que se profesa, que no sería
bien que un jurisperito se vistiese como soldado, ni un soldado
como un sacerdote. Vos, Sancho, iréis vestido parte de
letrado y parte de capitán, porque en la ínsula
que os doy tanto son menester las armas como las letras, y las
letras como las armas.
-Letras -respondió Sancho-, pocas tengo, porque aún
no sé el A, B, C; pero bástame tener el Christus
en la memoria para ser buen gobernador. De las armas manejaré
las que me dieren, hasta caer, y Dios delante.
-Con tan buena memoria -dijo el duque-, no podrá Sancho
errar en nada.
En esto llegó don Quijote, y, sabiendo lo que pasaba y
la celeridad con que Sancho se había de partir a su gobierno,
con licencia del duque le tomó por la mano y se fue con
él a su estancia, con intención de aconsejarle cómo
se había de haber en su oficio.
Entrados, pues, en su aposento, cerró tras sí la
puerta, y hizo casi por fuerza que Sancho se sentase junto a él,
y con reposada voz le dijo:
-Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que, antes y
primero que yo haya encontrado con alguna buena dicha, te haya
salido a ti a recebir y a encontrar la buena ventura. Yo, que
en mi buena suerte te tenía librada la paga de tus servicios,
me veo en los principios de aventajarme, y tú, antes de
tiempo, contra la ley del razonable discurso, te vees premiado
de tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan,
ruegan, porfían, y no alcanzan lo que pretenden; y llega
otro, y sin saber cómo ni cómo no, se halla con
el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y aquí
entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las
pretensiones. Tú, que para mí, sin duda alguna,
eres un porro, sin madrugar ni trasnochar y sin hacer diligencia
alguna, con solo el aliento que te ha tocado de la andante caballería,
sin más ni más te vees gobernador de una ínsula,
como quien no dice nada. Todo esto digo, ¡oh Sancho!, para
que no atribuyas a tus merecimientos la merced recebida, sino
que des gracias al cielo, que dispone suavemente las cosas, y
después las darás a la grandeza que en sí
encierra la profesión de la caballería andante.
Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que te he dicho,
está, ¡oh hijo!, atento a este tu Catón, que
quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y
saque a seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte;
que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo
profundo de confusiones. Primeramente, ¡oh hijo!, has de
temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría,
y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has
de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo,
que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse.
Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso
igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser
feos pies de la rueda de tu locura la consideración de
haber guardado puercos en tu tierra.
-Así es la verdad -respondió Sancho-, pero fue cuando
muchacho; pero después, algo hombrecillo, gansos fueron
los que guardé, que no puercos; pero esto paréceme
a mí que no hace al caso, que no todos los que gobiernan
vienen de casta de reyes.
-Así es verdad -replicó don Quijote-, por lo cual
los no de principios nobles deben acompañar la gravedad
del cargo que ejercitan con una blanda suavidad que, guiada por
la prudencia, los libre de la murmuración maliciosa, de
quien no hay estado que se escape. Haz gala, Sancho, de la humildad
de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores;
porque, viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte;
y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador
soberbio. Inumerables son aquellos que, de baja estirpe nacidos,
han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta
verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran. Mira,
Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer
hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que
los tienen de príncipes y señores, porque la sangre
se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí
sola lo que la sangre no vale. Siendo esto así, como lo
es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula
alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes; antes
le has de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás
al cielo, que gusta que nadie se desprecie de lo que él
hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien
concertada. Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es bien
que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin
las propias), enséñala, doctrínala y desbástala
de su natural rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador
discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta.
Si acaso enviudares, cosa que puede suceder, y con el cargo mejorares
de consorte, no la tomes tal, que te sirva de anzuelo y de caña
de pescar, y del no quiero de tu capilla, porque en verdad te
digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de
dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará
con el cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere
hecho cargo en la vida. Nunca te guíes por la ley del encaje,
que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de
agudos. Hallen en ti más compasión las lágrimas
del pobre, pero no más justicia, que las informaciones
del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y
dádivas del rico, como por entre los sollozos e importunidades
del pobre. Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no
cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor
la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso doblares
la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva,
sino con el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algún
pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria
y ponlas en la verdad del caso. No te ciegue la pasión
propia en la causa ajena, que los yerros que en ella hicieres,
las más veces, serán sin remedio; y si le tuvieren,
será a costa de tu crédito, y aun de tu hacienda.
Si alguna mujer hermosa veniere a pedirte justicia, quita los
ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos,
y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres
que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus
suspiros. Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras,
pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura
de las malas razones. Al culpado que cayere debajo de tu juridición
considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones
de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de
tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele
piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios todos
son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el
de la misericordia que el de la justicia. Si estos preceptos y
estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días,
tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad
indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos
tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito
de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará
el de la muerte, en vejez suave y madura, y cerrarán tus
ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos.
Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han
de adornar tu alma; escucha ahora los que han de servir para adorno
del cuerpo.
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