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Dejamos al
gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor
y socarrón, el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo
del duque, se burlaban de Sancho; pero él se las tenía
tiesas a todos, maguera tonto, bronco y rollizo, y dijo a los
que con él estaban, y al doctor Pedro Recio, que, como
se acabó el secreto de la carta del duque, había
vuelto a entrar en la sala:
-Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores
deben de ser, o han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades
de los negociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren
que los escuchen y despachen, atendiendo sólo a su negocio,
venga lo que viniere; y si el pobre del juez no los escucha y
despacha, o porque no puede o porque no es aquél el tiempo
diputado para darles audiencia, luego les maldicen y murmuran,
y les roen los huesos, y aun les deslindan los linajes. Negociante
necio, negociante mentecato, no te apresures; espera sazón
y coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a
la del dormir, que los jueces son de carne y de hueso y han de
dar a la naturaleza lo que naturalmente les pide, si no es yo,
que no le doy de comer a la mía, merced al señor
doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere
que muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así
se la dé Dios a él y a todos los de su ralea: digo,
a la de los malos médicos, que la de los buenos, palmas
y lauros merecen.
Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole
hablar tan elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo,
sino a que los oficios y cargos graves, o adoban o entorpecen
los entendimientos. Finalmente, el doctor Pedro Recio Agüero
de Tirteafuera prometió de darle de cenar aquella noche,
aunque excediese de todos los aforismos de Hipócrates.
Con esto quedó contento el gobernador, y esperaba con grande
ansia llegase la noche y la hora de cenar; y, aunque el tiempo,
al parecer suyo, se estaba quedo, sin moverse de un lugar, todavía
se llegó por él el tanto deseado, donde le dieron
de cenar un salpicón de vaca con cebolla, y unas manos
cocidas de ternera algo entrada en días. Entregóse
en todo con más gusto que si le hubieran dado francolines
de Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento, perdices
de Morón, o gansos de Lavajos; y, entre la cena, volviéndose
al doctor, le dijo:
-Mirad, señor doctor: de aquí adelante no os curéis
de darme a comer cosas regaladas ni manjares esquisitos, porque
será sacar a mi estómago de sus quicios, el cual
está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina,
a nabos y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio,
los recibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala
puede hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras
más podridas son, mejor huelen, y en ellas puede embaular
y encerrar todo lo que él quisiere, como sea de comer,
que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún
día; y no se burle nadie conmigo, porque o somos o no somos:
vivamos todos y comamos en buena paz compaña, pues, cuando
Dios amanece, para todos amanece. Yo gobernaré esta ínsula
sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y todo el mundo traiga
el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago saber que
el diablo está en Cantillana, y que, si me dan ocasión,
han de ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.
-Por cierto, señor gobernador -dijo el maestresala-, que
vuesa merced tiene mucha razón en cuanto ha dicho, y que
yo ofrezco en nombre de todos los insulanos desta ínsula
que han de servir a vuestra merced con toda puntualidad, amor
y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en estos
principios vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de
pensar cosa que en deservicio de vuesa merced redunde.
-Yo lo creo -respondió Sancho-, y serían ellos unos
necios si otra cosa hiciesen o pensasen. Y vuelvo a decir que
se tenga cuenta con mi sustento y con el de mi rucio, que es lo
que en este negocio importa y hace más al caso; y, en siendo
hora, vamos a rondar, que es mi intención limpiar esta
ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagamunda,
holgazanes, y mal entretenida; porque quiero que sepáis,
amigos, que la gente baldía y perezosa es en la república
lo mesmo que los zánganos en las colmenas, que se comen
la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a
los labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar
los virtuosos y, sobre todo, tener respeto a la religión
y a la honra de los religiosos. ¿Qué os parece desto,
amigos? ¿Digo algo, o quiébrome la cabeza?
-Dice tanto vuesa merced, señor gobernador -dijo el mayordomo-,
que estoy admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa
merced, que, a lo que creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas
cosas llenas de sentencias y de avisos, tan fuera de todo aquello
que del ingenio de vuesa merced esperaban los que nos enviaron
y los que aquí venimos. Cada día se veen cosas nuevas
en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores se
hallan burlados.
Llegó la noche, y cenó el gobernador, con licencia
del señor doctor Recio. Aderezáronse de ronda; salió
con el mayordomo, secretario y maestresala, y el coronista que
tenía cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles
y escribanos, tantos que podían formar un mediano escuadrón.
Iba Sancho en medio, con su vara, que no había más
que ver, y pocas calles andadas del lugar, sintieron ruido de
cuchilladas; acudieron allá, y hallaron que eran dos solos
hombres los que reñían, los cuales, viendo venir
a la justicia, se estuvieron quedos; y el uno dellos dijo:
-¡Aquí de Dios y del rey! ¿Cómo y que
se ha de sufrir que roben en poblado en este pueblo, y que salga
a saltear en él en la mitad de las calles?
-Sosegaos, hombre de bien -dijo Sancho-, y contadme qué
es la causa desta pendencia, que yo soy el gobernador.
El otro contrario dijo:
-Señor gobernador, yo la diré con toda brevedad.
Vuestra merced sabrá que este gentilhombre acaba de ganar
ahora en esta casa de juego que está aquí frontero
más de mil reales, y sabe Dios cómo; y, hallándome
yo presente, juzgué más de una suerte dudosa en
su favor, contra todo aquello que me dictaba la conciencia; alzóse
con la ganancia, y, cuando esperaba que me había de dar
algún escudo, por lo menos, de barato, como es uso y costumbre
darle a los hombres principales como yo, que estamos asistentes
para bien y mal pasar, y para apoyar sinrazones y evitar pendencias,
él embolsó su dinero y se salió de la casa.
Yo vine despechado tras él, y con buenas y corteses palabras
le he pedido que me diese siquiera ocho reales, pues sabe que
yo soy hombre honrado y que no tengo oficio ni beneficio, porque
mis padres no me le enseñaron ni me le dejaron, y el socarrón,
que no es más ladrón que Caco, ni más fullero
que Andradilla, no quería darme más de cuatro reales;
¡porque vea vuestra merced, señor gobernador, qué
poca vergüenza y qué poca conciencia! Pero a fee que,
si vuesa merced no llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia,
y que había de saber con cuántas entraba la romana.
-¿Qué decís vos a esto? -preguntó
Sancho.
Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario
decía, y no había querido darle más de cuatro
reales porque se los daba muchas veces; y los que esperan barato
han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que les dieren,
sin ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen
de cierto que son fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y
que, para señal que él era hombre de bien y no ladrón,
como decía, ninguna había mayor que el no haberle
querido dar nada; que siempre los fulleros son tributarios de
los mirones que los conocen.
-Así es -dijo el mayordomo-. Vea vuestra merced, señor
gobernador, qué es lo que se ha de hacer destos hombres.
-Lo que se ha de hacer es esto -respondió Sancho-: vos,
ganancioso, bueno, o malo, o indiferente, dad luego a este vuestro
acuchillador cien reales, y más, habéis de desembolsar
treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que no tenéis
oficio ni beneficio y andáis de nones en esta ínsula,
tomad luego esos cien reales, y mañana en todo el día
salid desta ínsula desterrado por diez años, so
pena, si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra
vida, colgándoos yo de una picota, o, a lo menos, el verdugo
por mi mandado; y ninguno me replique, que le asentaré
la mano.
Desembolsó el uno, recibió el otro, éste
se salió de la ínsula, y aquél se fue a su
casa, y el gobernador quedó diciendo:
-Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de
juego, que a mí se me trasluce que son muy perjudiciales.
-Ésta, a lo menos -dijo un escribano-, no la podrá
vuesa merced quitar, porque la tiene un gran personaje, y más
es sin comparación lo que él pierde al año
que lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor cantía
podrá vuestra merced mostrar su poder, que son los que
más daño hacen y más insolencias encubren;
que en las casas de los caballeros principales y de los señores
no se atreven los famosos fulleros a usar de sus tretas; y, pues
el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio común, mejor
es que se juegue en casas principales que no en la de algún
oficial, donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le
desuellan vivo.
-Agora, escribano -dijo Sancho-, yo sé que hay mucho que
decir en eso.
Y, en esto, llegó un corchete que traía asido a
un mozo, y dijo:
-Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros,
y, así como columbró la justicia, volvió
las espaldas y comenzó a correr como un gamo, señal
que debe de ser algún delincuente. Yo partí tras
él, y, si no fuera porque tropezó y cayó,
no le alcanzara jamás.
-¿Por qué huías, hombre? -preguntó
Sancho.
A lo que el mozo respondió:
-Señor, por escusar de responder a las muchas preguntas
que las justicias hacen.
-¿Qué oficio tienes?
-Tejedor.
-¿Y qué tejes?
-Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.
-¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis?
¡Está bien! Y ¿adónde íbades
ahora?
-Señor, a tomar el aire.
-Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?
-Adonde sopla.
-¡Bueno: respondéis muy a propósito! Discreto
sois, mancebo; pero haced cuenta que yo soy el aire, y que os
soplo en popa, y os encamino a la cárcel. ¡Asilde,
hola, y llevadle, que yo haré que duerma allí sin
aire esta noche!
-¡Par Dios -dijo el mozo-, así me haga vuestra merced
dormir en la cárcel como hacerme rey!
-Pues, ¿por qué no te haré yo dormir en la
cárcel? -respondió Sancho-. ¿No tengo yo
poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?
-Por más poder que vuestra merced tenga -dijo el mozo-,
no será bastante para hacerme dormir en la cárcel.
-¿Cómo que no? -replicó Sancho-. Llevalde
luego donde verá por sus ojos el desengaño, aunque
más el alcaide quiera usar con él de su interesal
liberalidad; que yo le pondré pena de dos mil ducados si
te deja salir un paso de la cárcel.
-Todo eso es cosa de risa -respondió el mozo-. El caso
es que no me harán dormir en la cárcel cuantos hoy
viven.
-Dime, demonio -dijo Sancho-, ¿tienes algún ángel
que te saque y que te quite los grillos que te pienso mandar echar?
-Ahora, señor gobernador -respondió el mozo con
muy buen donaire-, estemos a razón y vengamos al punto.
Prosuponga vuestra merced que me manda llevar a la cárcel,
y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un
calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir,
y que él lo cumple como se le manda; con todo esto, si
yo no quiero dormir, y estarme despierto toda la noche, sin pegar
pestaña, ¿será vuestra merced bastante con
todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?
-No, por cierto -dijo el secretario-, y el hombre ha salido con
su intención.
-De modo -dijo Sancho- que no dejaréis de dormir por otra
cosa que por vuestra voluntad, y no por contravenir a la mía.
-No, señor -dijo el mozo-, ni por pienso.
-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; idos a dormir a vuestra casa,
y Dios os dé buen sueño, que yo no quiero quitárosle;
pero aconséjoos que de aquí adelante no os burléis
con la justicia, porque toparéis con alguna que os dé
con la burla en los cascos.
Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda,
y de allí a poco vinieron dos corchetes que traían
a un hombre asido, y dijeron:
-Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino
mujer, y no fea, que viene vestida en hábito de hombre.
Llegáronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces
descubrieron un rostro de una mujer, al parecer, de diez y seis
o pocos más años, recogidos los cabellos con una
redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil perlas. Miráronla
de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias de
seda encarnada, con ligas de tafetán blanco y rapacejos
de oro y aljófar; los greguescos eran verdes, de tela de
oro, y una saltaembarca o ropilla de lo mesmo, suelta, debajo
de la cual traía un jubón de tela finísima
de oro y blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No traía
espada ceñida, sino una riquísima daga, y en los
dedos, muchos y muy buenos anillos. Finalmente, la moza parecía
bien a todos, y ninguno la conoció de cuantos la vieron,
y los naturales del lugar dijeron que no podían pensar
quién fuese, y los consabidores de las burlas que se habían
de hacer a Sancho fueron los que más se admiraron, porque
aquel suceso y hallazgo no venía ordenado por ellos; y
así, estaban dudosos, esperando en qué pararía
el caso.
Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza, y preguntóle
quién era, adónde iba y qué ocasión
le había movido para vestirse en aquel hábito. Ella,
puestos los ojos en tierra con honestísima vergüenza,
respondió:
-No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto
me importaba fuera secreto; una cosa quiero que se entienda: que
no soy ladrón ni persona facinorosa, sino una doncella
desdichada a quien la fuerza de unos celos ha hecho romper el
decoro que a la honestidad se debe.
Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:
-Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta
señora con menos empacho pueda decir lo que quisiere.
Mandólo así el gobernador; apartáronse todos,
si no fueron el mayordomo, maestresala y el secretario. Viéndose,
pues, solos, la doncella prosiguió diciendo:
-"Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca,
arrendador de las lanas deste lugar, el cual suele muchas veces
ir en casa de mi padre."
-Eso no lleva camino -dijo el mayordomo-, señora, porque
yo conozco muy bien a Pedro Pérez y sé que no tiene
hijo ninguno, ni varón ni hembra; y más, que decís
que es vuestro padre, y luego añadís que suele ir
muchas veces en casa de vuestro padre.
-Ya yo había dado en ello -dijo Sancho.
-Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que
me digo -respondió la doncella-; pero la verdad es que
yo soy hija de Diego de la Llana, que todos vuesas mercedes deben
de conocer.
-Aún eso lleva camino -respondió el mayordomo-,
que yo conozco a Diego de la Llana, y sé que es un hidalgo
principal y rico, y que tiene un hijo y una hija, y que después
que enviudó no ha habido nadie en todo este lugar que pueda
decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan encerrada
que no da lugar al sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice
que es en estremo hermosa.
-Así es la verdad -respondió la doncella-, y esa
hija soy yo; si la fama miente o no en mi hermosura ya os habréis,
señores, desengañado, pues me habéis visto.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual
el secretario, se llegó al oído del maestresala
y le dijo muy paso:
-Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido
algo de importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo
tan principal, anda fuera de su casa.
-No hay dudar en eso -respondió el maestresala-; y más,
que esa sospecha la confirman sus lágrimas.
Sancho la consoló con las mejores razones que él
supo, y le pidió que sin temor alguno les dijese lo que
le había sucedido; que todos procurarían remediarlo
con muchas veras y por todas las vías posibles.
-"Es el caso, señores -respondió ella-, que
mi padre me ha tenido encerrada diez años ha, que son los
mismos que a mi madre come la tierra. En casa dicen misa en un
rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el sol
del cielo de día, y la luna y las estrellas de noche, ni
sé qué son calles, plazas, ni templos, ni aun hombres,
fuera de mi padre y de un hermano mío, y de Pedro Pérez
el arrendador, que, por entrar de ordinario en mi casa, se me
antojó decir que era mi padre, por no declarar el mío.
Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a
la iglesia, ha muchos días y meses que me trae muy desconsolada;
quisiera yo ver el mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nací,
pareciéndome que este deseo no iba contra el buen decoro
que las doncellas principales deben guardar a sí mesmas.
Cuando oía decir que corrían toros y jugaban cañas,
y se representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un
año menor que yo, que me dijese qué cosas eran aquéllas
y otras muchas que yo no he visto; él me lo declaraba por
los mejores modos que sabía, pero todo era encenderme más
el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi perdición,
digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca
tal pidiera ni tal rogara..."
Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:
-Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo
que le ha sucedido, que nos tienen a todos suspensos sus palabras
y sus lágrimas.
-Pocas me quedan por decir -respondió la doncella-, aunque
muchas lágrimas sí que llorar, porque los mal colocados
deseos no pueden traer consigo otros descuentos que los semejantes.
Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de
la doncella, y llegó otra vez su lanterna para verla de
nuevo; y parecióle que no eran lágrimas las que
lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun
las subía de punto y las llegaba a perlas orientales, y
estaba deseando que su desgracia no fuese tanta como daban a entender
los indicios de su llanto y de sus suspiros. Desesperábase
el gobernador de la tardanza que tenía la moza en dilatar
su historia, y díjole que acabase de tenerlos más
suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo.
Ella, entre interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:
-"No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino
que yo rogué a mi hermano que me vistiese en hábitos
de hombre con uno de sus vestidos y que me sacase una noche a
ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese; él,
importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo, y,
poniéndome este vestido y él vestiéndose
de otro mío, que le está como nacido, porque él
no tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermosísima,
esta noche, debe de haber una hora, poco más o menos, nos
salimos de casa; y, guiados de nuestro mozo y desbaratado discurso,
hemos rodeado todo el pueblo, y cuando queríamos volver
a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi hermano me dijo:
''Hermana, ésta debe de ser la ronda: aligera los pies
y pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, porque
no nos conozcan, que nos será mal contado''. Y, diciendo
esto, volvió las espaldas y comenzó, no digo a correr,
sino a volar; yo, a menos de seis pasos, caí, con el sobresalto,
y entonces llegó el ministro de la justicia que me trujo
ante vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo
avergonzada ante tanta gente."
-¿En efecto, señora -dijo Sancho-, no os ha sucedido
otro desmán alguno, ni celos, como vos al principio de
vuestro cuento dijistes, no os sacaron de vuestra casa?
-No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo
el deseo de ver mundo, que no se estendía a más
que a ver las calles de este lugar.
Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía
llegar los corchetes con su hermano preso, a quien alcanzó
uno dellos cuando se huyó de su hermana. No traía
sino un faldellín rico y una mantellina de damasco azul
con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa
adornada que con sus mesmos cabellos, que eran sortijas de oro,
según eran rubios y enrizados. Apartáronse con el
gobernador, mayordomo y maestresala, y, sin que lo oyese su hermana,
le preguntaron cómo venía en aquel traje, y él,
con no menos vergüenza y empacho, contó lo mesmo que
su hermana había contado, de que recibió gran gusto
el enamorado maestresala. Pero el gobernador les dijo:
-Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran
rapacería, y para contar esta necedad y atrevimiento no
eran menester tantas largas, ni tantas lágrimas y suspiros;
que con decir: ''Somos fulano y fulana, que nos salimos a espaciar
de casa de nuestros padres con esta invención, sólo
por curiosidad, sin otro designio alguno'', se acabara el cuento,
y no gemidicos, y lloramicos, y darle.
-Así es la verdad -respondió la doncella-, pero
sepan vuesas mercedes que la turbación que he tenido ha
sido tanta, que no me ha dejado guardar el término que
debía.
-No se ha perdido nada -respondió Sancho-. Vamos, y dejaremos
a vuesas mercedes en casa de su padre; quizá no los habrá
echado menos. Y, de aquí adelante, no se muestren tan niños,
ni tan deseosos de ver mundo, que la doncella honrada, la pierna
quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina, por andar se pierden
aína; y la que es deseosa de ver, también tiene
deseo de ser vista. No digo más.
El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería
hacerles de volverlos a su casa, y así, se encaminaron
hacia ella, que no estaba muy lejos de allí. Llegaron,
pues, y, tirando el hermano una china a una reja, al momento bajó
una criada, que los estaba esperando, y les abrió la puerta,
y ellos se entraron, dejando a todos admirados, así de
su gentileza y hermosura como del deseo que tenían de ver
mundo, de noche y sin salir del lugar; pero todo lo atribuyeron
a su poca edad.
Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso
de luego otro día pedírsela por mujer a su padre,
teniendo por cierto que no se la negaría, por ser él
criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos
de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de
ponerlo en plática a su tiempo, dándose a entender
que a una hija de un gobernador ningún marido se le podía
negar.
Con esto, se acabó la ronda de aquella noche, y de allí
a dos días el gobierno, con que se destroncaron y borraron
todos sus designios, como se verá adelante.
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