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Apenas vio
el ama que Sancho Panza se encerraba con su señor, cuando
dio en la cuenta de sus tratos; y, imaginando que de aquella consulta
había de salir la resolución de su tercera salida
y tomando su manto, toda llena de congoja y pesadumbre, se fue
a buscar al bachiller Sansón Carrasco, pareciéndole
que, por ser bien hablado y amigo fresco de su señor, le
podría persuadir a que dejase tan desvariado propósito.
Hallóle paseándose por el patio de su casa, y, viéndole,
se dejó caer ante sus pies, trasudando y congojosa. Cuando
la vio Carrasco con muestras tan doloridas y sobresaltadas, le
dijo:
-¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué
le ha acontecido, que parece que se le quiere arrancar el alma?
-No es nada, señor Sansón mío, sino que mi
amo se sale; ¡sálese sin duda!
-Y ¿por dónde se sale, señora? -preguntó
Sansón-. ¿Hásele roto alguna parte de su
cuerpo?
-No se sale -respondió ella-, sino por la puerta de su
locura. Quiero decir, señor bachiller de mi ánima,
que quiere salir otra vez, que con ésta será la
tercera, a buscar por ese mundo lo que él llama venturas,
que yo no puedo entender cómo les da este nombre. La vez
primera nos le volvieron atravesado sobre un jumento, molido a
palos. La segunda vino en un carro de bueyes, metido y encerrado
en una jaula, adonde él se daba a entender que estaba encantado;
y venía tal el triste, que no le conociera la madre que
le parió: flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos
camaranchones del celebro, que, para haberle de volver algún
tanto en sí, gasté más de seiscientos huevos,
como lo sabe Dios y todo el mundo, y mis gallinas, que no me dejaran
mentir.
-Eso creo yo muy bien -respondió el bachiller-; que ellas
son tan buenas, tan gordas y tan bien criadas, que no dirán
una cosa por otra, si reventasen. En efecto, señora ama:
¿no hay otra cosa, ni ha sucedido otro desmán alguno,
sino el que se teme que quiere hacer el señor don Quijote?
-No, señor -respondió ella.
-Pues no tenga pena -respondió el bachiller-, sino váyase
en hora buena a su casa, y téngame aderezado de almorzar
alguna cosa caliente, y, de camino, vaya rezando la oración
de Santa Apolonia si es que la sabe, que yo iré luego allá,
y verá maravillas.
-¡Cuitada de mí! -replicó el ama-; ¿la
oración de Santa Apolonia dice vuestra merced que rece?:
eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas, pero no lo ha sino
de los cascos.
-Yo sé lo que digo, señora ama: váyase y
no se ponga a disputar conmigo, pues sabe que soy bachiller por
Salamanca, que no hay más que bachillear -respondió
Carrasco.
Y con esto, se fue el ama, y el bachiller fue luego a buscar al
cura, a comunicar con él lo que se dirá a su tiempo.
En el que estuvieron encerrados don Quijote y Sancho, pasaron
las razones que con mucha puntualidad y verdadera relación
cuenta la historia.
Dijo Sancho a su amo:
-Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir
con vuestra merced adonde quisiere llevarme.
-Reducida has de decir, Sancho -dijo don Quijote-, que no relucida.
-Una o dos veces -respondió Sancho-, si mal no me acuerdo,
he suplicado a vuestra merced que no me emiende los vocablos,
si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y que, cuando
no los entienda, diga: ''Sancho, o diablo, no te entiendo''; y
si yo no me declarare, entonces podrá emendarme; que yo
soy tan fócil...
-No te entiendo, Sancho -dijo luego don Quijote-, pues no sé
qué quiere decir soy ta[n] fócil.
-Tan fócil quiere decir -respondió Sancho- soy tan
así.
-Menos te entiendo agora -replicó don Quijote.
-Pues si no me puede entender -respondió Sancho-, no sé
cómo lo diga: no sé más, y Dios sea conmigo.
-Ya, ya caigo -respondió don Quijote- en ello: tú
quieres decir que eres tan dócil, blando y mañero
que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo
que te enseñare.
-Apostaré yo -dijo Sancho- que desde el emprincipio me
caló y me entendió, sino que quiso turbarme por
oírme decir otras docientas patochadas.
-Podrá ser -replicó don Quijote-. Y, en efecto,
¿qué dice Teresa?
-Teresa dice -dijo Sancho- que ate bien mi dedo con vuestra merced,
y que hablen cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja,
pues más vale un toma que dos te daré. Y yo digo
que el consejo de la mujer es poco, y el que no le toma es loco.
-Y yo lo digo también -respondió don Quijote-. Decid,
Sancho amigo; pasá adelante, que habláis hoy de
perlas.
-Es el caso -replicó Sancho- que, como vuestra merced mejor
sabe, todos estamos sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana
no, y que tan presto se va el cordero como el carnero, y que nadie
puede prometerse en este mundo más horas de vida de las
que Dios quisiere darle, porque la muerte es sorda, y, cuando
llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va depriesa
y no la harán detener ni ruegos, ni fuerzas, ni ceptros,
ni mitras, según es pública voz y fama, y según
nos lo dicen por esos púlpitos.
-Todo eso es verdad -dijo don Quijote-, pero no sé dónde
vas a parar.
-Voy a parar -dijo Sancho- en que vuesa merced me señale
salario conocido de lo que me ha de dar cada mes el tiempo que
le sirviere, y que el tal salario se me pague de su hacienda;
que no quiero estar a mercedes, que llegan tarde, o mal, o nunca;
con lo mío me ayude Dios. En fin, yo quiero saber lo que
gano, poco o mucho que sea, que sobre un huevo pone la gallina,
y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo no se pierde
nada. Verdad sea que si sucediese, lo cual ni lo creo ni lo espero,
que vuesa merced me diese la ínsula que me tiene prometida,
no soy tan ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que
no querré que se aprecie lo que montare la renta de la
tal ínsula, y se descuente de mi salario gata por cantidad.
-Sancho amigo -respondió don Quijote-, a las veces, tan
buena suele ser una gata como una rata.
-Ya entiendo -dijo Sancho-: yo apostaré que había
de decir rata, y no gata; pero no importa nada, pues vuesa merced
me ha entendido.
-Y tan entendido -respondió don Quijote- que he penetrado
lo último de tus pensamientos, y sé al blanco que
tiras con las inumerables saetas de tus refranes. Mira, Sancho:
yo bien te señalaría salario, si hubiera hallado
en alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo
que me descubriese y mostrase, por algún pequeño
resquicio, qué es lo que solían ganar cada mes,
o cada año; pero yo he leído todas o las más
de sus historias, y no me acuerdo haber leído que ningún
caballero andante haya señalado conocido salario a su escudero.
Sólo sé que todos servían a merced, y que,
cuando menos se lo pensaban, si a sus señores les había
corrido bien la suerte, se hallaban premiados con una ínsula,
o con otra cosa equivalente, y, por lo menos, quedaban con título
y señoría. Si con estas esperanzas y aditamentos
vos, Sancho, gustáis de volver a servirme, sea en buena
hora: que pensar que yo he de sacar de sus términos y quicios
la antigua usanza de la caballería andante es pensar en
lo escusado. Así que, Sancho mío, volveos a vuestra
casa, y declarad a vuestra Teresa mi intención; y si ella
gustare y vos gustáredes de estar a merced conmigo, bene
quidem; y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no
le falta cebo, no le faltarán palomas. Y advertid, hijo,
que vale más buena esperanza que ruin posesión,
y buena queja que mala paga. Hablo de esta manera, Sancho, por
daros a entender que también como vos sé yo arrojar
refranes como llovidos. Y, finalmente, quiero decir, y os digo,
que si no queréis venir a merced conmigo y correr la suerte
que yo corriere, que Dios quede con vos y os haga un santo; que
a mí no me faltarán escuderos más obedientes,
más solícitos, y no tan empachados ni tan habladores
como vos.
Cuando Sancho oyó la firme resolución de su amo
se le anubló el cielo y se le cayeron las alas del corazón,
porque tenía creído que su señor no se iría
sin él por todos los haberes del mundo; y así, estando
suspenso y pensativo, entró Sansón Carrasco y la
sobrina, deseosos de oír con qué razones persuadía
a su señor que no tornarse a buscar las aventuras. Llegó
Sansón, socarrón famoso, y, abrazándole como
la vez primera y con voz levantada, le dijo:
-¡Oh flor de la andante caballería; oh luz resplandeciente
de las armas; oh honor y espejo de la nación española!
Plega a Dios todopoderoso, donde más largamente se contiene,
que la persona o personas que pusieren impedimento y estorbaren
tu tercera salida, que no la hallen en el laberinto de sus deseos,
ni jamás se les cumpla lo que mal desearen.
Y, volviéndose al ama, le dijo:
-Bien puede la señora ama no rezar más la oración
de Santa Apolonia, que yo sé que es determinación
precisa de las esferas que el señor don Quijote vuelva
a ejecutar sus altos y nuevos pensamientos, y yo encargaría
mucho mi conciencia si no intimase y persuadiese a este caballero
que no tenga más tiempo encogida y detenida la fuerza de
su valeroso brazo y la bondad de su ánimo valentísimo,
porque defrauda con su tardanza el derecho de los tuertos, el
amparo de los huérfanos, la honra de las doncellas, el
favor de las viudas y el arrimo de las casadas, y otras cosas
deste jaez, que tocan, atañen, dependen y son anejas a
la orden de la caballería andante. ¡Ea, señor
don Quijote mío, hermoso y bravo, antes hoy que mañana
se ponga vuestra merced y su grandeza en camino; y si alguna cosa
faltare para ponerle en ejecución, aquí estoy yo
para suplirla con mi persona y hacienda; y si fuere necesidad
servir a tu magnificencia de escudero, lo tendré a felicísima
ventura!
A esta sazón, dijo don Quijote, volviéndose a Sancho:
-¿No te dije yo, Sancho, que me habían de sobrar
escuderos? Mira quién se ofrece a serlo, sino el inaudito
bachiller Sansón Carrasco, perpetuo trastulo y regocijador
de los patios de las escuelas salmanticenses, sano de su persona,
ágil de sus miembros, callado, sufridor así del
calor como del frío, así de la hambre como de la
sed, con todas aquellas partes que se requieren para ser escudero
de un caballero andante. Pero no permita el cielo que, por seguir
mi gusto, desjarrete y quiebre la coluna de las letras y el vaso
de las ciencias, y tronque la palma eminente de las buenas y liberales
artes. Quédese el nuevo Sansón en su patria, y,
honrándola, honre juntamente las canas de su[s] ancianos
padres; que yo con cualquier escudero estaré contento,
ya que Sancho no se digna de venir conmigo.
-Sí digno -respondió Sancho, enternecido y llenos
de lágrimas los ojos; y prosiguió-: No se dirá
por mí, señor mío: el pan comido y la compañía
deshecha; sí, que no vengo yo de alguna alcurnia desagradecida,
que ya sabe todo el mundo, y especialmente mi pueblo, quién
fueron los Panzas, de quien yo deciendo, y más, que tengo
conocido y calado por muchas buenas obras, y por más buenas
palabras, el deseo que vuestra merced tiene de hacerme merced;
y si me he puesto en cuentas de tanto más cuanto acerca
de mi salario, ha sido por complacer a mi mujer; la cual, cuando
toma la mano a persuadir una cosa, no hay mazo que tanto apriete
los aros de una cuba como ella aprieta a que se haga lo que quiere;
pero, en efeto, el hombre ha de ser hombre, y la mujer, mujer;
y, pues yo soy hombre dondequiera, que no lo puedo negar, también
lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare; y así, no
hay más que hacer, sino que vuestra merced ordene su testamento
con su codicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos
luego en camino, porque no padezca el alma del señor Sansón,
que dice que su conciencia le lita que persuada a vuestra merced
a salir vez tercera por ese mundo; y yo de nuevo me ofrezco a
servir a vuestra merced fiel y legalmente, tan bien y mejor que
cuantos escuderos han servido a caballeros andantes en los pasados
y presentes tiempos.
Admirado quedó el bachiller de oír el término
y modo de hablar de Sancho Panza; que, puesto que había
leído la primera historia de su señor, nunca creyó
que era tan gracioso como allí le pintan; pero, oyéndole
decir ahora testamento y codicilo que no se pueda revolcar, en
lugar de testamento y codicilo que no se pueda revocar, creyó
todo lo que dél había leído, y confirmólo
por uno de los más solenes mentecatos de nuestros siglos;
y dijo entre sí que tales dos locos como amo y mozo no
se habrían visto en el mundo.
Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos,
y con parecer y beneplácito del gran Carrasco, que por
entonces era su oráculo, se ordenó que de allí
a tres días fuese su partida; en los cuales habría
lugar de aderezar lo necesario para el viaje, y de buscar una
celada de encaje, que en todas maneras dijo don Quijote que la
había de llevar. Ofreciósela Sansón, porque
sabía no se la negaría un amigo suyo que la tenía,
puesto que estaba más escura por el orín y el moho
que clara y limpia por el terso acero.
Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, echaron al bachiller
no tuvieron cuento: mesaron sus cabellos, arañaron sus
rostros, y, al modo de las endechaderas que se usaban, lamentaban
la partida como si fuera la muerte de su señor. El designo
que tuvo Sansón, para persuadirle a que otra vez saliese,
fue hacer lo que adelante cuenta la historia, todo por consejo
del cura y del barbero, con quien él antes lo había
comunicado.
En resolución, en aquellos tres días don Quijote
y Sancho se acomodaron de lo que les pareció convenirles;
y, habiendo aplacado Sancho a su mujer, y don Quijote a su sobrina
y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese, sino el bachiller,
que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron
en camino del Toboso: don Quijote sobre su buen Rocinante, y Sancho
sobre su antiguo rucio, proveídas las alforjas de cosas
tocantes a la bucólica, y la bolsa de dineros que le dio
don Quijote para lo que se ofreciese. Abrazóle Sansón,
y suplicóle le avisase de su buena o mala suerte, para
alegrarse con ésta o entristecerse con aquélla,
como las leyes de su amistad pedían. Prometióselo
don Quijote, dio Sansón la vuelta a su lugar, y los dos
tomaron la de la gran ciudad del Toboso.
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